Diálogo con Juan Pedro Quiñonero…

Juan Pedro Quiñonero en su blog “Una temporada en el infierno”

“Diálogo con Miguel Sánchez-Ostiz sobre los inéditos de Baroja
septiembre 10, 2006”

Miguel Sánchez-Ostiz acaba de terminar una nueva novela, que mañana entregará a su editor. Horas antes, hemos sostenido un diálogo postal sobre los libros inéditos don Pío Baroja y los aspectos / territorios todavía mal explorados del inmenso legado barojiano.

¡Todavía quedan novelas inéditas de Baroja..!

Este ha sido mi diálogo con Miguel:

¿Cual es el material todavía inédito de Baroja? ¿Cuando se irá publicando?

––Lo fundamental y más publicable de los inéditos barojianos es una novela titulada Los caprichos de la suerte, que es continuación de Miserias de la guerra, y un libro de recuerdos titulado Pasada la tormenta, escrito hacia 1950 o 1951 (le habló de ello a Ruano). Nos gusten más o menos, mucho incluso, son obras crepusculares, que adolecen de estar escritas cuando don Pío no estaba en plenitud de facultades, y aun así… Supongo que esos inéditos se irán publicando en los próximos años, como ha venido anunciándose, de manera reiterada, por Pío Caro, su heredero.

Luego hay algunas carpetas, como Extravagancias. Tiempos de inquietud (con recuerdos de la guerra en París ya utilizados en otros libros) Ilusión o realidad (que según mis noticias iba a publicarse en Tusquets, junto al inédito Rojos y blancos que sale ahora), que aunque aporten datos de las andanzas de Baroja en el Madrid más popular de la posguerra, en el Rancho Grande por ejemplo, para recabar información destinada a Miserias de la guerra, están mucho menos hechos, son de una calidad inferior a lo ya publicado o meros borradores, y otras, como Siluetas, son sencillamente impublicables en forma de libro convencional, porque no pasan de ser una gavilla de notas sueltas sin orden ni concierto, organizadas por don Pío en el año 1954 o 1955 (como lo contó expresamente don Julio Caro Baroja en varios sitios). El resto de los títulos que se barajan son borradores de los libros ya publicados.

Yo como lector de Baroja y curioso de su obra y personalidad no puedo sino desear que todos los inéditos acaben publicándose, porque son necesarios para el conocimiento del personaje, la persona, su vida cotidiana y su entorno. En un escritor que se puso de manera tan habitual en escena, son importantes todos los inéditos y documentos personales, hasta las facturas o las recetas de cocina, como han demostrado biógrafos ingleses o franceses de la indiscutible categoría de Laura Adler. Para las hagiografías con la devoción basta.

Yo no creo que el motivo por el que no se han publicado hasta ahora estos libros sea, como se ha dicho, porque eran comprometedores para don Pío o para los herederos, desde el punto de vista político o humano. A la vista está que no era así. Los intereses del público y de los herederos no suelen ser coincidentes, cuestión esta peliaguda, y no me refiero solo a este caso.

A mí me ha hecho gracia una cosa. Cuando los libros estaban inéditos, las destemplanzas eran porque eran inéditos, cuando se publican, el lapo viene porque se publican y no son lo que se esperaba. Vaya por Dios…

Miserias de la guerra me sorprendió por su Gran Calidad. Me parece un Gran Baroja, a pesar de su condición de libro por “pulir”, como tu subrayas en tu edición. ¿Tienen esa envergadura algunos de los inéditos?

––Sí, por supuesto, yo creo que Los caprichos de la suerte tiene, por ejemplo, un personaje femenino (entre otros varios), Gloria, de mucha entidad, que dará que hablar, porque está muy bien diseñado, con fuerza nada crepuscular. Claro que puedo equivocarme y dejarme llevar por mis gustos. Y por ejemplo, el ambiente del Hotel del Cisne, que es el escenario principal de la narración, está más y mejor desarrollado que en la novela homónima, y hay muchas “huellas autobiográficas” de don Pío que arrojan luz sobre el día a día de su exilio parisino que, se diga lo que se diga, tuvo que ser para él algo muy traumático. Es más novela que Miserias de la guerra, lo que demuestra que don Pío no estaba acabado ni mucho menos.

Sin modificar radicalmente las distintas visiones más o menos “canónicas” de Baroja, las Miserias de la guerra y tu libro si ahondan y descubren muchos terrenos mal o muy mal explorados del legado barojiano. ¿Está Baroja por descubrir..?

––No creo que Baroja esté por descubrir, sino que hay territorios poco, nada o insuficientemente explorados, muchos prejuicios sin revisar, muchos errores de data o detalle que casi nadie se toma la molestia de corregir o investigar; y que, por fuerza, cada nueva aproximación a su obra, a la persona y al personaje que compuso, revela matices, oscuridades, valores nuevos o novedosos.

Don Julio Caro Baroja dejó dicho que lo que quedaba por escribir de su tío era “el perfil psicológico”. Eso es difícil de hacer, porque hace falta tener una preparación específica, una afición y hasta un gusto literario, y tiempo, como sabrán los especialistas en la materia, médicos, letraheridos y barojianos.

Hay también pequeños episodios mal o nada conocidos de su vida, algún viaje, algunas personas con las que trató, algún empeño frustrado, que supongo irán saliendo con el tiempo y con las sucesivas pesquisas de los investigadores, pero, en lo fundamental, no aportarán mucho, salvo que se descubra alguna enormidad, que no creo, porque no la hubo.

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“Baroja, pretexto para secuestro y ostracismo”

Lamento haber olvidado el apoyo que en su día me dio Juan Pedro Quiñonero, escritor a quien he admirado desde que leí Pío Baroja, surrealismo, terror y transgresión (1974) y haber sido injusto con él por cuenta de otras guerras.

Baroja, pretexto para secuestro y ostracismo, Juan Pedro Quiñonero en su blog “Una temporada en el infierno”
enero 16, 2007 5 comentarios

¿Alguien puede dudar que Miguel Sánchez Ostiz es uno de nuestros mejores especialistas en Pío Baroja? Su último libro me pareció, hace meses, un documento de muy primera importancia: Baroja, del folletín al surrealismo, pasando por la CNT / FAI. A raíz de aquella lectura, Miguel tuvo la amabilidad de contarme por lo menudo, con algunas reservas mutuas, la penosa historia de la existencia ¡todavía! de material inédito de Baroja.

Cuando leo, divertido, intrigado y seducido, su nueva novela, La calavera de Robinson (Alga/Alberdania) me llegan lamentables ecos de la inconfesable persecución de la que es víctima: ha sido vetado / excluido de un próximo congreso barojiano internacional que debe celebrarse en Navarra, dirigido por Ramón Tamames, víctima, Miguel, del ostracismo impuesto con férreos y oscuros modales ¿por la familia Baroja? ¿por el gobierno navarro?

¿Cuántas veces he dicho aquí y allá que buena parte de la cultura española está controlada y manipulada por sectas mafiosas..?

Comentarios

Gregorio Luri dice
enero 17, 2007 at 2:12 pm
Lamentablemente Sánchez Ostiz es demasiado grande para ahorrarse algunas mezquindades forales. Es inútil, por ejemplo, buscar su firma en el Diario de Navarra ¿Cómo puede organizarse un congreso barojiano en Navarra sin él? ¿Es que los organizadores no son conscientes de lo que pesará su ausencia?
Espero que, al menos, ocupe un lugar preeminente en ese congreso ese sentido y meticuloso barojiano que es Fernando Pérez Ollo. Lo es tanto que incluso cada verano va a dormir a la cama de Baroja en Vera. Me imagino que como parte de un proceso incubatorio iniciático para ponerse en contacto con el maestro.
Pero: ¿Qué demonios hace ahí Tamames?

Gregorio Luri dice
enero 19, 2007 at 1:57 pm
Para ser justos: Me aseguran que el padre de Ramón Tamames fue el médico de cabecera de don Pío. Y mi informante añade que Ramón Tamames quiso desde siempre emular al paterno paciente.

JP Quiñonero dice
enero 19, 2007 at 2:48 pm
Gregorio,
Tu buena información y finura de análisis dan a la cosa su perfil más completo. Si la memoria no me falla, las ambiciones novelescas de Tamames (hijo) fueron recompensadas con el majestuoso cheque e inmediata celebridad de un premio bastante más que millonario. ¡Así da gusto..!

Q.-

Gregorio Luri dice
enero 22, 2007 at 7:42 pm
Últimas noticias sobre el congreso barojiano en Navarra:
1) Tendrá lugar en el Museo de Navarra
2 ) Hoy, a medio día, a Pio Caro Baroja nadie le había informado sobre la cosa.
3) Junto al congreso habrá una exposición que -parece- tiene por comisarios a Tamames y José Luis Gutierrez
4) Parece, también, que uno de los ponentes es Jimenez los Santos.
Cosas veredes…

JP Quiñonero dice
enero 22, 2007 at 7:49 pm
Gregorio,
Matices preciosos..

 

 

 

El viaje de invierno de Pío Baroja

EL VIAJE DE INVIERNO DE PÍO BAROJA

Camino de perfección, subtitulada <<Pasión mítica>> es una novela de claras resonancias autobiográficas. El Baroja que la escribe tiene treinta años y es, si tenemos que hacer caso a lo que nos ha dejado dicho de si mismo en un sitio y en otro, un joven pasablemente desconcertado, consigo mismo y con su entorno vital, geográfico, hacia el que siente una hostilidad y un desprecio manifiestos. Un joven de su tiempo por tanto, pero sólo hasta cierto punto, porque la escritura febril fue al final la salida a su desconcierto.

Es en las páginas de sus memorias y textos autobiográficos donde hay que buscar esas explícitas resonancias y donde Baroja reconoce haber conocido a un trasunto de Fernando Ossorio en la facultad de medicina y haberlo utilizado para construir su personaje, que por otra parte aparece también en Silvestre Paradox, y en compañía de su turbia parentela.

Novela autobiográfica o no, lo que si hizo Baroja es, como en otros muchos casos, prestarle a su personaje no pocos avatares personales y parte del arsenal de sus perplejidades, de sus ideas más o menos erráticas, de aquello que le inquietaba e incitaba a una vida oscura.

Camino de perfección se publicó en una primera versión, entre el 30 de agosto y el 8 de octubre de 1901, en forma de folletín en La Opinión, un periódico al que Baroja calificaría, con el tiempo, de “periodicucho”, denigrando de paso, a su propietario, Alba Salcedo (don Leopoldo), a quien puso en escena como un pequeño hampón del periodismo de la época: sólo tenía un periódico, pero cobraba del ministerio del ramo por cinco cabeceras. Es en esa época cuando Pío Baroja frecuenta las redacciones de los periódicos y revistas madrileñas (y el Petit Fornos) y cuando empieza a colaborar de una manera más o menos asidua en todos los medios que puede, como una forma alternativa a su trabajo en la panadería familiar: El Globo, El Imparcial, El Ideal, El País, Electra, Juventud, Arte Joven, Revista Nueva (donde conocería a Rubén Darío, Maeztu, Valle-Inclán, Benavente, Palomero… Ese, el de la redacciones, los cafetines y cervecerías, aparecería en sus páginas como un mundo de claroscuros, espeso a ratos, luminoso a otros, abigarrado siempre, hambrón y hamponazo, donde triunfaba no el mejor, sino el más cuco, como ayer, como hoy, igual.

Hasta ese momento Pío Baroja ha publicado La casa de Aizgorri, Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, y Vidas sombrías. Será Bernardo Rodríguez Serra, una de las pocas personas de las que habla con mayor afecto y respeto sincero en sus memorias, quien publique la novela en su versión más o menos definitiva en marzo de 1902.

Al poco de salir a la calle y “En razón de haber dado a la estampa su peregrina novela que se dice Camino de perfección”, se celebró un famoso banquete en el Parador de Barcelona, calle de San Miguel, 27, el 25 de marzo de 1902. Al banquete (nocturno) asistieron entre otros Ortega Munilla, Azorín (que fue el que redactó al invitación), Mariano de Cavia que habló mal de todo el mundo, el célebre Cornuty que se puso a faltarle a don Benito Pérez Galdós… Fue un tumultuario banquete de escritores, muy de la época, en el que nadie pareció estar del todo a gusto, al revés. Unos riñeron con otros y casi todos acabaron molestos, sobre todo los que se preguntaron por qué se le hacia el homenaje a Baroja y no a ellos. Hampa literaria, hampa conocida por Baroja hasta hartar en su primera época madrileña y de la que dijo que eran patológicamente malévolos. A ese hampa literaria y bohemia le dedicó Baroja muy agrias páginas a lo largo de toda su vida. Luego, a la salida del banquete, unos señoritos les tildaron de modernistas y, en consecuencia, de pederastas, y la noche acabó a trompazos. A propósito de trompazos, en Camino de perfección hay varias escenas violentas descritas con vitalidad y gracejo, y que me parecen significativas del carácter de su autor: alguien que no se dejaba empujar facilmente… el mismo niño que si se terciaba se calentaba los morros en los glacis de las murallas de Pamplona.

Para entonces Baroja ya ha dejado de ser médico rural en Cestona y se ocupa mal que bien de la panadería de su tía Juana Nessi, en la calle de Capellanes, junto al convento de las Descalzas Reales de Madrid, aunque al tiempo de la publicación de la novela se acabaran de mudar a la de Álvarez Mendizabal, ha vivido una temporada en París, pero se ha tenido que volver, quiere dedicarse a escribir y lo hace como puede, en medio de una gran incertidumbre personal, de muchas dudas y lagunas de formación.

Camino de perfección, y convendría no olvidar este detalle, es una novela folletinesca. Es decir, una novela que se va construyendo de manera evidente al ritmo de la aparición de los sucesivos capítulos, de ahí por tanto su evidente desorden y en ocasiones aparente confusión. Todo sea en aras de la acción trepidante: cambios arbitrarios de narrador, súbita aparición o desaparición de personajes que a veces no pasan de ser un mero nombre o que no llegaremos a saber quiénes son. Pasaban por ahí y eso basta, y este será uno de los rasgos del arte de novelar de Baroja.

En su infancia y adolescencia Baroja fue un gran lector de folletines, pero aquí a él le toca la vez de trazar un folletín curioso en el que más que enormidades y desmesuras al uso y del gusto de los lectores más populares, lo que se cuenta es lo que se va viendo y descubriendo en el paisaje familiar de los españoles, el agrio perfume de su historia más inmediata, su verdadera imagen o algo que se le aproxima a juicio del autor. El folletín hecho reportaje de actualidad, pero también testimonio de una pasión personal, la de Fernando Ossorio, a quien además del desconcierto vital que lleva en el equipaje, a ratos le da por la mística y sus oscuridades y misterios .

El viaje de Fernando Ossorio es uno de los viajes de invierno (winterreiss), aunque abarque otras estaciones, más extraños y más agitados de la literatura española. En lugar de Schubert, aquí hay un destemplado rasgueo de guitarras, berridos de tintes sangrientos y un sordo redoble de cajas destempladas. Fernado Ossorio se echa a los caminos porque no puede soportar su vida en Madrid, el medio social y vagamente familiar en el que vive, ni la vida tan acomodada como extraña a la que le empuja una repentina herencia, ni mucho menos su incapacidad de amar y vivir. <<Soy un histérico, un degenerado>>, dice e insiste mucho en esa descripción cruda y poco amable de si mismo. Fernando Ossorio deambula por Madrid arrastrando un intenso sentimiento de vacuidad de su vida: <<Tengo el pensamiento amargo>>, dirá. Y si se echa a los caminos es por pura ascesis, pero una ascesis inconcreta, porque no sabe muy bien lo que quiere, lo que busca, un vivir más alto, claro, que no logra cifrar en nada real, y además sabe que ese no saber lo que quiere es estéril. Ossorio podría haber hecho suyas y bien suyas las líneas finales de Las horas solitarias: Lo suyo más que un viaje de vagamundos, es una peregrinación por otros tantos templos o lugares de rara devoción, tan seguro como azaroso, que le comunican exaltación y turbación personal a raudales, agitación interior y procuración física e intelectual: El Paular, Segovia, Toledo, la Yécora de su adolescencia en un colegio de escolapios, el campo manchego hacia Albacete, Murcia al fin, donde su peregrinación por el momento termina en el momento en que el pobrecito soñador, sueña la vida de su hijo recién nacido una vida libre alta mientras su suegra le cose un pedazo de evangelios a los pañales. La superstición que no cesa.

Pero Fernando Ossorio sólo se encontrará a gusto en las soledades del campo, aunque nunca por mucho tiempo. Un último disgusto le empuja siempre a regresar al camino. Arrieros, braceros, campesinos humildes, mozas de posada, cómicos de la legua, serán sus ocasionales compañeros de viaje. Ellos darán el contrapunto vital y tremendo a sus soliloquios erráticos y angustiados.

Esa exaltada peregrinación de Fernando Ossorio adquiere en las páginas de Camino de perfección todo el valor por momentos de una guía de viaje: Segovia, Toledo, los alrededores de Madrid, la sierra, la contraposición entre el mundo luminoso que mira al Mediterráneo y el pardo grisáceo que se cierra sobre si mismo del interior. Aquí en esas páginas se nos revela tanto el Baroja exacto paisajista como el vagamundos, el aficionado a patear las ciudades y los caminos de España, o cuando menos de Castilla, cosa que hará en varios momentos con distintos acompañantes: su hermano Ricardo, Azorín, Ciro Bayo, Paul Schmitz…

<<La verdad es que no sé para qué hemos venido tan lejos>>, dirá uno de sus acompañantes nocturnos, y esa parece ser la conclusión de las andadas a pie por Madrid a las que Baroja estaba acostumbrado: la ciudad hecha un circular laberinto. Es la geografía y el laberinto barojiano los que aquí aparecen.

En escena aparece su amigo el suizo de Basilea Paul Schimtz (Max Schultze en la novela) con quien coincide en su viaje al monasterio de El Paular (y curiosamente gracias a quien encontró años después Itzea) y que fue quien le habló largo y tendido sobre Nietzsche, cuyas ideas planean aquí y allá de manera más o menos explícita. Un Nietzsche tan apreciado como negado. Conviene leer las páginas que le dedica en Tablado de Arlequín (1904). Será también con Schmitz con quien visite Toledo y los picos de Urbión.

Y el viaje por Toledo es el que hizo con Azorín en diciembre de 1900, y donde visitaron al gobernador civil. Sólo que el poncio que aparece en escena en la novela, en una escena por demás pintoresca, es alguien disparatado, un perfecto zángano y un cínico abusivo, una caricatura folletinesca. Los modos de la ficción autobiográfica barojiana tienen un enorme interés, es decir, la puesta en escena de los episodios vividos y de sus protagonistas.

Como lo tienen, y mucho, los personajes femeninos de Camino de perfección. Las mujeres en Baroja es un asunto discutido desde siempre, y en el vacío, o con prejuicios o escaso conocimiento de causa (se nota que Baroja es un escritor mucho menos frecuentado de lo que se dice). Es en esta novela donde quizás hayan cobrado más peso y donde más interés (salvo las novelas tardías) adquieren. No hay más que repasar la descripción de Laura, personaje equívoco, de un erotismo exasperado, vivo, urgente, turbulento, sombrío. Hay escenas y descripciones que me parecen admirables. Baroja se expresa de una manera directa con una curiosa mezcla de tosquedad –“el placer a todo pasto”- con una rara finura y una precisión descriptiva que, como mínimo, pone en solfa la necedad de su ensimismamiento.

Para su personaje, y a trancos alter ego, España es algo miserable, un lugar del que unos y otros quieren o quisieran escapar como fuera, ya sean civiles o militares. En ese sentido, en Camino de perfección se refleja todo el resentimiento y la desazón social de un país que acaba de perder las últimas colonias y las guerras a ellas asociadas, todo el desencanto de un país y de unas nuevas clases desclasadas que no dan más que para “golfos”, cuya teoría elabora en sus memorias, que son el complemento ideal de la lectura de esta novela: Ossorio será uno de ellos. Lectura sociológica un tanto excesiva, folletinesca, pero colorista, la de Baroja..

Los golfos son los que aparecen en este y otros libros primerizos como comparsas de fondo, inevitables Los golfos, esos personajes desesperados, vagabundos de la ciudad, sin empleo o con empleos precarios, bohemios que bordean la pequeña delincuencia, desgarrados también, como el Sánchez de Ulloa con el que Ossorio se va de viaje nocturno y con quien termina embrutecido de copazos y comistrajos en una venta de la afueras desde la que se ve un Madrid que en las palabras de Baroja se hace fantasmagórico. Ese personaje no es el único que exclama, <<¡Si estuviéramos en otro país!>>, el militar con el que se tropieza en Toledo y que solo piensa en el dominó y en las putas es de la misma opinión. Aquel, al de Baroja me refiero, era un país en el que no parecían estar cómodos más que la burguesía que vivía de la herencia y del cortar cupones, los caciques y los políticos corruptos, los curas, los frailes y la feligresía a ellos asociada y más embrutecida.

Ossorio sostiene unas ideas antidemocráticas expresas e inequívocas, ya en 1902, muy al hilo de lo expresado poco más tarde en los artículos reunidos en Tablado de Arlequín. Baroja aborrecía del caciquismo y, a la vez, de que el voto fuera de valor igual en un pueblo cerril, analfabeto, inculto y violento, aficionado a esas canciones “brutales, sangrientas, repulsivas, como la hoja brillante de una navaja” que son las jotas –el flamenco, como rasgo de identidad nacional no sale mejor parado.

En Camino de perfección, Baroja hace, a su modo, un agrio repaso de la sociedad española de su época, estamental, jerárquica y pobretona de ideas. No importa cómo fuera sino como la veía, cómo la vivía, sobre todo. Se entiende bien que esta novela fuera reiteradamente censurada y en algún momento de nuestra más reciente historia expresamente prohibida. El anticlericalismo de Camino de perfección es de trazo verdaderamente grueso. Los retratos de los religiosos que allí aparecen no pueden ser más grotescos y los propósitos a ellos unidos rozan todos el despropósito: frailes y curas que por no creen en nada, hipócritas, incultos y que no piensan más que en llenar la andorga y en acostarse con sus barraganas o abusar de muchachitos. Las teologías se las traen al fresco. Todo un programa, todo un panorama.

Seguir hoy los pasos (a los interiores me refiero ahora) de Fernando Ossorio es casi seguir los del propio Baroja, porque fuera o dejara de ser estrictamente autobiográfico este viaje de invierno es un viaje del propio Baroja y tal vez para él sólo valga. Me temo que al lector del día las preocupaciones históricas, eróticas, intelectuales, espirituales también y en muy grande medida, de Ossorio/Baroja se la traen al fresco. Un personaje literario de la medida de Ossorio creo que concitaría la rechifla de los lectores. Las puestas en solfa de la realidad social, política, al margen de las convenciones y conveniencias, claro, no están en uso, parece como si, con genuina expresión barojiana, las hubiesen mandado retirar. A Ossorio hoy, le habrían dado unas pastillas o habría probada el árnica del psicoanálisis, lo que Baroja calificó como el cubismo de la medicina. Sus inquietudes son las de un bicho raro, de alguien marginal, “poco generacional”, por mucho vigor, cierto, con el que fueran en su día expresadas, por muy profundas que fueran en ocasiones.

Y sin embargo ese Ossorio que está en desacuerdo con el medio social y familiar, que padece un ansia de verdad hacia si mismo y hacia su entorno, una vida mejor, es una de las razones en las que se sostiene el atractivo de la literatura barojiana. Y es que sigue habiendo lectores, barojianos o no, pero más bien en pelo, que encuentran en el desasosiego de aquel vagamundos de 1902 el eco del propio desasosiego.

De aquella España de 1900, sobre cuyo dechado escribió Baroja buena parte de su novela y de la salieron sus personajes mayores y menores, no queda nada, apenas nada, las enormidades, con serlo, son otras, el poder del clero es poco menos que irrelevante, los caciques son otros, los golfos sacan dinero de su golfería, el hampa campa por sus respetos, los militares más que zanganear por los casinos provincianos se aplican en labores humanitarias, la gente no quiere irse del país, al revés, el país acoge una auténtica estampida a la que las figuras del Greco, las callejuelas toledanas o las soledades de la Mancha profunda no le dicen, por el momento nada, o muy poca cosa. Hace falta ser japonés o hispanista, o erudito, o las tres cosas para interesarse de verdad en los asuntos del país de Fernando Ossorio. El mismo Baroja en sus memorias certificó el fin del folletín. Se lo había llevado por delante la luz eléctrica, la misma luz que tanto le fascinaba. La tradición mística a la que se aproxima Baroja con una mezcla de admirativa atracción y de rechazo, sobre todo en el que caso de Ignacio de Loyola, está casi, casi en entredicho, no vende, no da cámara, que es de lo que se trata. Recorrer los lugares que emocionaron ciertamente a Baroja es emprender un viaje hacia el pasado y sobre todo hacia países de papel, meramente literarios, que son probablemente los mejores, invisibles, privados, íntimos, intensos.

Gorritxenea, marzo de 2002.

Artículo publicado en la revista Ínsula, Nº 665, 2002.

Pío Baroja en el espejo de papel.

PÍO BAROJA EN EL ESPEJO DE PAPEL

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A cincuenta años de su muerte, Pío Baroja (San Sebastián, 1972- Madrid, 1956), más que nunca un personaje de sí mismo, sigue suscitando una atención y un interés que escritores coetáneos suyos, y otros posteriores, no suscitan ni de lejos.

Baroja, escritor de éxito mediocre en vida, pero de mucha fama y efectivo prestigio, ha sobrevivido a la doble muerte que amenaza a todos los escritores: la de sus obras y la que lleva a la fosa. Su obra y su personalidad –entre el señor particular con un perfil psicológico que algunos toman como auténtica patología, aunque no pase de ser el de un hombre que cometió el error de hablar en exceso de sus luces y sus sombras, y el personaje literario o novelesco que el tiempo y sus propias puestas en escena perfilan- siguen resultando atractivas, tanto para aplaudir sus barojianadas, celebrar sus páginas más memorables, como para ajustarle las cuentas literarias, y algo más que literarias, personales y hasta privadas, cosa que ha sido particularmente llamativa en los últimos años.

Las voces asansculotadas que piden la cabeza de Baroja para ponerla en una pica se escuchan hasta ahora mismo. Los motivos poco importan, a setenta años vista se le reprochan actitudes ante situaciones extremas u opiniones políticas sobre todo y hasta rasgos de su personalidad y de su vida privada, como si nada bastara ni fuera suficiente ni mucho menos lo correcto, lo que se esperaba de él.

Y todo ello al margen, claro está, y vaya esto por delante, de la importancia real de su obra literaria, que ahí sigue.

Baroja, pues, un intenso personaje literario construido tanto con la ayuda de sus sucesivas puestas en escena, como con la inestimable de la masa de las páginas, más hagiográficas unas que otras, pero nulamente críticas casi todas ellas, escritas por los barojianos, esa especie de rebeldes sin causa precisa y descontentos de marca, cuya desaparición sería, al decir de Luis Martín-Santos, la señal de que las cosas en España podían, por fin, cambiar, aunque esto sea todo lo discutible que se quiera.

Las hagiografías que se han escrito sobre Pío Baroja han sido casi involuntarias en la medida en que quienes las han emprendido, más que escribir sobre quién era o había sido en realidad, se entusiasmaban(bamos) y mucho, con ese Baroja que canta al hombre de acción y a su vida entre azarosa y aventurera, el viaje, el hormiguero de la gran ciudad, que tira todo lo que puede del ronzal, anda a contrapelo, agua todas las fiestas que puede, aunque lo haga casi siempre a posteriori, y se niega a festejar lo que considera una patraña de la peor especie: el vivir en el mejor de los mundos posibles.

Esa actitud devota e incondicional que inspira los trabajos de aproximación al personaje, oculta a un escritor de una personalidad mucho más rica y compleja de lo que parece, con muchas más sombras que luces, con gatillazos del alma parejos a momentos de dignidad y coraje poco valorados, víctima y verdugo a la vez, artífice de su propia tragedia personal (como lo admitirá a través de su personaje crepuscular Luis Carvajal y Evans). Y así es como el personaje ha venido apareciendo mediado, la persona desfigurada por un antifaz de conveniencia y quita y pon, y el escritor a buen recaudo (porque todo lo anterior, hecho quisicosa, excusa el leerlo).

Porque si por un lado está ese Baroja nostálgico de la vida de acción -<<lo que más me entusiasmaría sería viajar, pasar peligros, presenciar batallas navales, recorrer medio mundo, ver muchas cosas y luego contarlas>>-, por otro está otro personaje menos atractivo, por grisaceo, aunque su estampa haya quedado como emblema barojiano: la basada en su vida cotidiana y rutinaria cifrada en un empleo del tiempo, el suyo, hecho de trabajo mañanero en sus novelas, comida familiar, paseito higiénico, husma de libros viejos y tertulia de bibliófilos, y a casa, a cenar, lectura y a dormir, si podía y como podía. Una rutina, repetida por el propio Baroja hasta la saciedad, como emblema de una vida por completo limitada, casi eremítica, o así vista por su protagonista, que no es lo mismo.

Pero nada de lo anterior ha sido impedimento para que se haya hablado de Baroja con un indisimulado entusiasmo que obligaba a reflexionar sobre si el barojiano de turno se entusiasmaba con él mismo o con el personaje que iba poniendo en escena. Con Baroja ha pasado un poco como con las necrológicas españolas: que a quien las escribe le gustaría ser el muerto (y lo es para la ocasión).

La imagen oficial de Baroja, consagrada por las aproximaciones académicas, tan cautas como pacatas, ha venido siendo más cómoda y hasta casi obligatoria, de modo que el verdadero personaje ha quedado al final bastante desdibujado y se han tergiversado algunos de los aspectos menos simpáticos de su personalidad.

Así es como fue apareciendo y perfilándose el hombre honesto a carta cabal (donde los demás son unos farsantes), el profesional de la verdad, combativo siempre contra la injusticia y los abusos del poder, el escritor de vastas lecturas, el rebelde a ultranza, el viajero compulsivo rompesuelas por los caminos de España, el misógino (mucho menos de lo que se dice si se mira con atención su obra narrativa), el médico con ojo clínico (no llegó a un año el tiempo de su ejercicio), pero pocas veces aparece el escritor que era tan racista y antisemita como igualitario y fraternal, el misántropo que a la vez se quejaba, muy amargamente por cierto, de soledad, el descontento permanente, quejoso hasta de su evidente bienestar. Esto es, en la fronda de la personalidad barojiana está oculto un personaje extraordinariamente complejo cuyo viaje de aproximación vale todavía la pena, pero sobre todo porque esa fronda sostiene una considerable obra narrativa.

Descontento e insatisfecho, solitario que no podía estar solo, hombre de acción que jamás acomete esta, aventurero pasivo más por gusto que por fuerza, orgulloso, rencoroso, inadaptado radical, sentimental, tierno en la intimidad (salvo para su hermana Carmen, a juzgar por las memorias de esta), de afectividad oscura, con clara tendencia igualitaria, y a la vez de un racismo hosco, antirrepublicano y antidemócrata desde edad temprana, nietzscheano con un conocimiento no muy exhaustivo de la obra del filósofo (sobre todo a través de su amigo el nazi Paul Schimtz, su anfitrión en los meses de sus exilio suizo de 1937), extremadamente sensible al dolor de los más débiles, atemorizado por nimiedades y corajudo hasta casi la imprudencia en otras ocasiones… De todas estas maneras se mostró el escritor. Esto es, en buena medida se mostró antipático para los parámetros sociales del día, sí, pero si no hubiese nada más se quedaría en eso y lo cierto es que además de antipatía suscita simpatía, y mucha, tal vez por el desparpajo de su prosa, el de esas historias en apariencia desganadas, muy pocas veces protagonizadas por ganadores al uso, sino por inadaptados, por personajes que nunca van a ver satisfechas su ansias vitales.

Su perfil psicológico a día de hoy no está estudiado de una manera exhaustiva, como si quien se ha acercado al personaje temiera dar con rincones que no le gustan, como si el personaje real que aparece en el examen no gustara ni fuera ni remotamente políticamente correcto, que no lo es, a poco desapasionada que sea la aproximación que se haga al personaje y a su obra.

Baroja por tanto hecho mito más o menos intocable, o simplemente un personaje literario que, encima, tiene la suerte de que le sobreviva una considerable obra literaria que tiene altibajos, cierto, pero que en lo fundamental sigue teniendo una curiosa garra: la trilogía de La lucha por la vida, Juventud, egolatría, Las horas solitarias, Agonías de nuestro tiempo y hasta La selva oscura, por no hablar de ese ajuste de cuentas con su propia historia personal que es Las noches del Buen Retiro.

Yo no sé si hay lectores nuevos de Pío Baroja o todos los que tiene y siguen manteniendo vivo el mito son los lectores que lo leyeron en su adolescencia y primera juventud, y que al leerlo regresan a aquel momento de rebeldía y de deslumbramiento, de amarga conciencia de la propia limitación vital y de la mediocridad constitucional de la existencia que les ha tocado en suerte, y, a la vez, de un no conformarse, no plegarse, no doblegarse, aunque solo sea en la intimidad.

 

¿Baroja vitalista? Según y como. Su rutina vital era eso, una rutina, mansa y doméstica, que en contrapartida le permitió dedicarse a la creación de una obra literaria tirando a colosal. Esa furia de escritor resulta enigmática, admirable y hasta ejemplar (todo depende de cómo se mire). No hay que olvidar que su gran drama personal es el derrumbe de su mundo personal, privado: la muerte de la madre en 1935, la pérdida de su casa de la calle de Mendizábal y la <<pérdida>> de Itzea (esta por otros motivos y no solo por la guerra). Se encontró sencillamente perdido.

Si llamamos vitalismo a tomarse unas copitas de Benedictine de cuando en cuando, a la tertulia permanente y a la husma furiosa de libros viejos, entonces hay que convenir que, en efecto, Baroja fue un vitalista de marca. Lo demás, viajes, relaciones humanas abiertas, riesgo medido, acción, disfrute de los llamados dones de la existencia, no o muy poco. La queja lo presidía todo. Baroja fue un viajero, modesto, muy de tirar de guía Baedecker (las conservará profusamente anotadas), al que las pejigueras de la vida cotidiana y de los viajes le molestaban, y mucho. Un vitalista no es puritano, y Baroja lo era o así se mostró en demasiadas ocasiones como para no ser tomadas en cuenta.

Desde luego su manera de ponerse en escena –de manera directa o a través de sus abundantes contrafiguras- fue la menos vitalista que pueda imaginarse: cauto, herido, enfermo o padeciendo pejigueras de salud que le limitaban y mucho, insatisfecho… Casi todo consistía en lo que le hubiese gustado hacer y no había hecho, por falta de dinero, por falta de oportunidades que habían tenido otros, por falta de fuerzas, por falta… Tal vez por eso Baroja, que fue un habitual de los autorretratos, se pintó siempre como alguien sin suerte, sin dinero, envejecido, con mala salud, injustamente excluido de las palestras públicas… <<Pío, con sus eternas quejas>>, dirá su hermana Carmen.

Y sin embargo el personaje, la persona, el autor, siguen resultando irresistiblemente atractivos tanto para ponerlo en los altares literarios, como para darle el paseo.

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            Baroja, que, como digo, se puso en escena con una insistencia y una constancia inauditas, suministrando con ello abundantes argumentos a sus enemigos, se asombraba de los efectos que causaban sus destemplanzas, sus boutades y sus opiniones contundentes, más o menos fundadas, sobre todo lo que se le ocurría, ya fuera historia, literatura o esa política de cuyos avatares estuvo siempre al tanto, hablando desde un margen privilegiado y manifestando tanto desprecio –tanto por los fundamentos ideológicos como porque los regímenes no le daban nada, no como a otros- como interés, defendiendo un peligroso estar por encima <<de unos y de otros>> hasta que la realidad le arrolló de muy ruda manera, cosa que no logró entender jamás.

Esto último fue particularmente singular en lo relacionado con la República y la Guerra Civil española. A nadie que conociera, aunque fuera de manera somera, la obra de Pío Baroja –El tablado de Arlequín y Nuevo tablado de Arlequín, por ejemplo- le podían extrañar que las opiniones de Pío Baroja, muy poco cacareadas por otra parte, en entrevistas y por boca de personajes novelescos, en orden a la democracia, el socialismo o el comunismo fuesen por demás negativas. Su anti republicanismo fue una constante, mucho antes del alzamiento militar del 18 de julio de 1936 –se negó a participar con Ortega en su Agrupación en Defensa de la República -, y, por supuesto, después (aunque dijera que cuando lo iban a fusilar había pensado gritar <<¡Viva la República!>>, solo por fastidiar, como le reprocharon, en agosto de 1936, los del periódico Frente Popular, de San Sebastián). Por eso llama tanto la atención que se extrañara de que su presencia en el Colegio de España de París, donde había encontrado refugio en su precipitado exilio, suscitara las francas reservas y hasta las iras de los republicanos.

Repasando sus opiniones políticas y sociales, Baroja nos aparece hoy más como un hombre del Antiguo Régimen que reclama para sí un máximo de libertades en lo público y en lo privado, celoso de esa privacidad, más estamental que igualitario, y a la vez un hombre conservador y de orden que dice detestar el pasado pero también y muy especialmente las revoluciones y todos los movimientos e ideologías conducentes a esas pretendidas revoluciones que, en su opinión, nada pueden cambiar.

 

La andadura literaria de Baroja, al margen de sus frustradas dedicaciones de médico y panadero, o así nos ha quedado, comienza con la bohemia fin de siglo (XIX) y sus andanzas por ese hampa literaria, periodística y política de la época, canallesca hasta la caricatura a lo Hoggart, que nos sigue resultando familiar, de la que extraerá materia para sus mejores novelas y muchas páginas encubiertas de matiz autobiográfico y catártico, en las que, de manera casi preceptiva, ajustará cuentas a unos y a otros.

El refugio frente a las trapisondas literarias y a las frustraciones personales (incluidas las veleidades de hacer carrera en la política: para ser alguien sin duda) lo encuentra, hacia 1913, cuando da comienzo a las Memorias de un hombre de acción y a sus pesquisas policiaco-eruditas, y cuando adquiere el que con el tiempo se convertiría en el santuario barojiano: la casa de Itzea, en Bera.

Hacia 1921 llega, con un grave problema de salud, que le atormentará hasta muy tarde, <<la limitación>>, y con ella una época nueva de Baroja frecuentador de marquesas y desilusionado testigo de una Europa en peligrosa ebullición, que le lleva escribir esa trilogía plagada de datos y lances de su propia vida, que es Agonías de nuestro tiempo. No cabe mayor desencanto, más cantidad de empresas y pasiones condenadas de antemano a terminar mal.

Con la llegada de la República, aparece en plenitud de facultades el Baroja oráculo del desastre que avisa de este, pero que, sobre todo, se dedica a escribir artículos de amena erudición histórica centrados en su querido siglo XIX. Lo suyo fue una auténtica aversión al presente y un buscar refugio en otros tiempos más fuertes, más amables, más dignos de ser tenidos en cuenta.

Cuando en 1935 le nombran académico de la Lengua, después de una intensa campaña a su favor llevada a cabo por Azorín (cuya amistad hay que mirar con otra lupa que la muy colorista con la que se ha mirado hasta ahora), dirá que si le han nombrado académico no es por sus méritos, sino por lo mucho y mal que han hablado de él; pero el nombramiento le satisface y mucho en lo íntimo: es alguien. Y eso es un logro evidente para quien, como señalará en Allegro final, tenía un miedo cerval a la insignificancia.

El 23 de julio de 1936, Pío Baroja sale de España (después de haberlo hecho de Madrid unas semanas antes avisado por uno de sus amigos de la época de la que se avecinaba), tras haber sufrido la víspera un percance relativamente serio con una columna de requetés en la carretera de Bertizarana, que pudieron haberlo matado según unos, que le dieron solo un susto, según otros. Episodio este oscuro donde los haya que da pie a toda clase de conjeturas.

Pasó la guerra en París, salvo unos meses, entre septiembre de 1937 y enero de 1938, y una breve, y nunca comentada, estancia de alcance crematístico en el País Vasco francés, en el otoño de 1939, cuando se vio frustrado su viaje a América desde Le Havre (como hacían otros… todo lo hacían los demás, él no, él se quedaba porque no le dieron nada).

En otoño de 1940, cuando regresa a Madrid después de pasar el verano en Bera, lo primero que hará será ir a ver su casa de la calle de Mendizábal, que estaba en ruinas, a causa de un bombardeo del año 1937, para darse cuenta de lo mucho que había perdido.

Del franquismo Pío Baroja se benefició en la medida en que, de manera por completo involuntaria, aunque cazurra, se convirtió, por obra y gracia de sus lectores, en un curioso abanderado del anti franquismo, o cuando menos de algo que se le parecía, y en un renovado oráculo de lo mal que andaban los tiempos. Baroja era una especie de banderín de enganche de una rebelión contra la mugre de una época. Y ese prestigio dura hasta ahora mismo.

Eso sí, él no escribió ni una sola línea contra la dictadura y eso que padeció la censura en muchos de sus libros. En 1949 le comunica a su amigo Gamecho, de San Sebastián, que está escribiendo unas novelas sobre la guerra civil, pero que tiene que sortear la censura, cosa no siempre fácil. Todos los comentarios que pudo hacer en contra del régimen franquista fueron entre sus íntimos y esos testimonios quedan, como dice su sobrino Pío Caro en un libro admirable y de obligada referencia: La soledad de Pío Baroja. No hay, que se sepa, ningún otro. Todos los reproches están de más. Las autocríticas por el estafermo puesto en pie por los barojianos, también llamados, con una asombrosa propiedad, <<incondicionales>>, no.

Los primeros años de su regreso a Madrid son los de redacción (incitado por aquel cínico de marca que fue Manuel Aznar Zubicaray, que de periodista devoto de Sabino Arana pasó a diplomático y biógrafo del general Franco) de los sucesivos volúmenes de su miscelánea memorialística, lo digo porque tengo para mi que sus <<memorias>> carecen de la más mínima coherencia interna (como no sea la simplemente acumulativa que le impulsó hasta el final de sus días) y estructural.

Miscelánea memorialística, insisto, porque me temo que aunque tuviera el prurito de ponerse en escena, nunca emprendió la redacción de unas verdaderas memorias ni mucho menos una autobiografía de puesta en claro. Lo suyo fue otra cosa, parcial, sesgada, de mucha reminiscencia, de mucho comentario y de mucho, también, ajuste de cuentas de lo que se había dicho o dejado de decir de él. Se tomó muy en serio su papel de memorialista elogiado por Josep Pla.

Al final de su vida, recluido en su casa de la calle de Ruiz de Alarcón, todo su horizonte vital se reduce a unas escasas salidas al vecino parque del Retiro (al margen de algunos veraneos en San Sebastián desde que hacia 1945 se indispusiera con su hermano Ricardo) y a la célebre tertulia de supervivientes de la guerra civil (muchos de ellos habían sido contertulios de El Club del Papel, esto es, de la librería de Tormos, en la calle de Jacometrezo: ese será uno de los escenarios de la novela, inédita hasta hace nada, Miserias de la guerra), donde se impartía clases para la diplomatura en decepción, al decir de Juan Benet.

Al margen de esa tertulia diaria, de la que nada de fundamento ha quedado y que se disolvió de mala manera a la muerte del novelista (al decir de su sobrino Julio Caro Baroja en Los Baroja), Pío Baroja se dedicó a rellenar páginas y más páginas con la escritura de novelas de mejor o peor factura, crepusculares casi todas ellas entre la redacción definitiva de El hotel del cisne, en 1945, y la publicación de El cantor vagabundo, en 1950, destinadas unas, como Las veladas del chalet gris (de inapreciable contenido autobiográfico) a las muy bien pagadas Obras Completas de Biblioteca Nueva y otras a la espera de mejores tiempos: Miserias de la guerra, Los caprichos de la suerte, o de miscelánea memorialística como Rojos y Blancos, Ilusión y realidad, Pasada la tormenta, La guerra civil en la frontera, Extravagancias…. A esa época corresponde el Baroja del gato, la manta, la boina y los desbarres pintorescos. Imagen esta repetida hasta la saciedad, que aburre tanto como enmascara al personaje.

Una actividad febril la suya, al margen de la época y a pesar de unas más que evidentes limitaciones físicas, cuyo sentido, como no fuera el senil de no caer en la penuria, se nos escapa, porque no es precisamente en esos años cuando se da el mayor vigor narrativo de Baroja. Para entonces, entre 1947 y 1950, su mundo literario estaba poco menos que agotado y muy limitado por diferentes motivos el personal. Con todo, a Baroja le alienta un ímpetu raro que hasta puede llegar a ser ejemplar, al margen de que se ignoren o dejen de ignorar sus motivos concretos.

Todavía en 1955, un año antes de su muerte, envió a su editor Ruiz-Castillo un manuscrito de misceláneas confeccionado (enjaretado, decía él) en su último verano de Itzea, a base de descabalar otros libros suyos ya publicados y echar mano de páginas sueltas de los no publicados. Ruiz-Castillo le devolvió el artefacto y así ha quedado archivado.

Entre una cosa y otra estimo que, a cincuenta años de su muerte, y parafraseando lo que él mismo dijo de su Aviraneta, se puede afirmar que tenemos Baroja para rato, porque hay motivos más que sobrados para el viaje de los lectores, aunque sea sobre la huella de los propios pasos, tanto en la masa de sus memorables páginas novelísticas, como en los pliegues de su personalidad contradictoria. Buen viaje, por tanto.

 

* Artículo publicado en Letras Libres, julio 2006.

** Ilustración de Fabricio Vanden Broeck

“El último Baroja inédito verá por fin la luz”

IMG_0003Ese es un titular del diario ABC de días pasados, muy parecido, si no el mismo en cuanto al fondo, de otros artículos publicados en diferentes medios de comunicación  acerca del “descubrimiento” de un inédito del Baroja del que se dice que es “el último”.

No hay tal, Los caprichos de la suerte no es el último Baroja inédito porque está pendiente de publicación, con las correcciones que figuren en la copia macanografiada y las cuartillas manuscrita añadidas, Pasada la tormenta, libro de recuerdos, opiniones de índole diversa y ajustes de cuentas y defensas literarios –uno muy divertido contra el poeta falangista de Pamplona Ángel María Pascual que le había acusado de dormir vestido en casa de una marquesa a la que había sido invitado y de no lavarse–; libro este escrito en los últimos años de su vida, del que al menos yo pude leer, entre el año 2005 y 2006, una versión de 261 (más o menos) cuartillas entre las que hay siluetas de diversos personajes –Lequerica, Cossío, Chaves Nogales…– y dos versiones que me parecen particularmente interesantes: la del “enjarretamiento” (genuina expresión barojiana) del libro Comunistas, judíos y demás ralea –cuartillas 171 a 175– y otra no menos interesante del asesinato de Federico García Lorca, con un retrato cruel del poeta que no pudo ahorrarse –cuartillas 237 a 240–, porque aduce “haberla oído explicar a dos paisanos suyos”. También este título estaba censado por Julio Caro Baroja en la Guía de Pío Baroja, entre los trabajos inédito ( páginas 161 y 162).

“Itzea, el mundo de los Baroja” (1998)

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El País Semanal, 9-08-1998

El fotógrafo fue Jordi Sarrá que se tomó un trabajo improbo, estudió de manera minuciosa las luces, las penumbras, los objetos… Estuve en Itzea un par de días, en la primavera de 1998, coincidiendo con Jordi Sarrà, el fotógafo, que seguro que se acuerda de la comida que tuvimos cuando terminó el trabajo. Sarrá me regaló todas las fotografías de prueba, que fueron muchas, y que perdí en una mudanza cuatro años depués, lástima.

Artículo Baroja – País Semanal 9-08-98 en PDF