Fresas al ajillo

Libros_296732175_72233641_854x640FRESAS AL AJILLO[1]

         ME temo que los aniversarios suelen ser, todos, pufos periodísticos más que sinceras maneras de recordar a los difuntos, con los elogios y las admiraciones que se les cicatearon en vida. Pufos. Todos. Insisto. Los necrólogos suelen, por lo general, hablar de si mismos y lamentan profundamente que el funeral que glosan no sea el propio. Así da un poco igual que haga cuarenta años de la muerte de Pío Baroja, porque sencillamente el año anterior habría hecho treinta y nueve y al año siguiente cuarenta y uno. Yo no entiendo las manías de los aniversarios literarios, me temo que no es más que una manera de solucionar la papeleta de la página diario, del ganapán de alguien. Nada más. Y nada de esto tiene relevancia alguna. Cuando uno frecuenta, digo bien, frecuenta, las páginas de un autor como Pío Baroja resulta por completo indiferente la cuestión de los aniversarios. Salvo para constatar que cada año que pasa uno es más viejo y puede que como dice Pío caro, está más loco, y que llegará el día en que no leerá a un autor sin cuyas páginas dificilmente entendería la propia vida. Cuando no las frecuenta o las ignora o las desprecia, dudo mucho que la celebración ocasional de ese aniversario sirva para que Baroja sea un autor más leído.

         Y responder a la pregunta de <<¿Quién lee a Pío Baroja?>>, es responder casi a una forma insólita de percibir el mundo, de expresarlo, de estar de verdad a otras en un tiempo de borrascas, arrebuches y aleluyas. La buena salud de una mala literatura (como se dice, se ha dicho, que es la de Baroja) se mide justamente por la existencia cierta de sus lectores, porque se siga hablando de él como una suerte de curioso contemporáneo, y más que contemporáneo, de un anacrónico compañero de ruta, de un guía incluso a pesar suya, a contrapelo también, autor de unos curiosos libros de horas que te arrancan carcajadas como las que nos arranca un buen amigo o nos emocionan y nos hacen temblar como lo hacemos con la desdicha y las zozobras de quienes tenemos más cerca del corazón. Y de Don Pío se habla, algo más que como una referencia obligada de las letras españolas. Hablan los barojianos y hablan quienes no lo son y hablan los que no lo han leído nunca y se les nota una barbaridad, y hablan los que no lo van a leer nunca, pero echarán su cagalita un aniversario sí y otro también, cuando venga bine, cuando convenga. Hablan los que saben de qué va la cosa y unas veces dicen que la literatura es esto y otras que es otra cosa, unas veces pintan bastos (los de la granuja irredenta) y otras espadas, aunque no liguen, unas veces se perecen por Onetti y juran por Marsé y otras por Borges y los demás acabámos botando a brios, aburridos, ahítos de majaderías, de calificaciones arbitrarias y de descalificaciones siempre partidistas, y rechazamos el plato del día por indigesto y mal condimentado (como si fuese la indeseada creación de un chef demente).

         Hay escritores que desde la palestra impune del triunfo se declaran barojianos y lo curioso es que su literatura es lo opuesto a Baroja. Donde Baroja puso sencillez, claridad, formas directas, ellos ponen ampulosidad, palabrería hueca, filosofía de tonadilla, baratijas de grueso calibre. Ya don Pío habló de la gente que había nacido para perorar en un país de sol (Alejandro Sawa creo recordar) y sólo para eso y sermonean con gran estilo.

         Hay quien habla del personaje sin haber ido más lejos que las sombras de su retrato y algún caradura incluso dice sin sonrojarse que ha leído La lucha por la niebla (sic).

         Baroja-enel-rastro-1A lo dicho, las celebraciones para que el oportunista de turno se marque un tango (o un black‑bottom) con el difunto. En esto no son muy distintos a los profesionales de las necrológicas: los amigos que nunca estuvieron. Recordemos aquel artículo cínico (que era lo suyo) donde los haya de González Ruano hablando de lo bien que le quedaban las necrológicas. Las necrológicas, las onomásticas, son cosa de cucos profesionales, a quienes se les nota a la legua la maniera. A Pío Baroja no le gustaban los cucos ni los impostores. Hay gente que nunca ha leído a Baroja como para hacer de él un maestro -Un maestro, ¿en qué?- y se le nota, pero se le nota una barbaridad, a pesar de que lo acompañe como música de fondo por toda la alegre, profunda, misteriosa, mórbida, escalofriante, leal, cuadrilla de Oscar Peterson, Claude Delcloo, Chet Baker, Thelonious Monk, and Co., and Co. y and Sons y by appointment H.M. the Queen… Es como comerse un plato de fresas al ajillo o de gambas con café con leche o un chuletón de buey al chocolate y afirmar que eso es el colmo de la gastronomía, puro Brillat‑Savarin, materia para esos suplementos de estilo sin los que sería materialemnte impsoble entender la sociedad española de estos últimos años, y declarar rotundamente de paso que quien lo ponga en duda es una persona Vil, ahí es nada, Vil y no sabe nada de la Dignidad y la Entereza.

         Curiosamente a Pío Baroja ciertas modernidades le sacaban de quicio. Del psicoanálisis dijo que era el “cubismo de la medicina”, cosa que dicho sea de paso me parece genial, el ojo cacodilato de un tal monsieur Picabia le parecía un timo y el jazz band algo poco menos que intolerable (Véase si no ese formidable y disparatado guión de cine que se publicó con una deliciosas viñetas de Puyol El cabaret de la cotorra verde, y textos concordantes que dicen los juristas). Baroja tuvo aversión a las vanguardias, padeció como quien dice una impermeabilidad total, pasó sin ver o sin apreciar por el dadismo, el cubismo el surrealismo, el realismo de lo fantástico social incluso. No tuvo como quien dice verdaderos contemporáneos.

         Afirmar que uno es barojiano queda bien porque sugiere independencia. Afirmar que uno es barojiano absuelve de ser una tonadillera con acompañamiento de palmeros, de decir una cosa y hacer otra, de utilizar, por sistema, el desprecio, siempre olímpico, siempre, para desacreditar a sus contemporaneos, y de participar de hoz y de coz en la farsa social. Decirse barojiano cuando se es un Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, no de los gerundios, sino de la palabrería rotunda, hiperbólica, sacramental y hueca, es adornarse con plumas ajenas. Pavo real sí, pero con plumas teñidas de cotorrita amazónica. Ni más ni menos.

[1] Artículo publicado en La Nueva España, Cultura Nº 343, Oviedo, 4-XII-1996.

 

Anuncios

«Comunistas, judíos y demás ralea»

Copio a continuación el capítulo XXIII de mi ensayo Tiempos de tormenta (Pamplona, 2007)

«XXIII.- COMUNISTAS, JUDÍOS Y DEMÁS RALEA»

EN el mes de marzo de 1938 aparecería en Valladolid el libro más controvertido de Pío Baroja: Comunistas, judíos y demás ralea. Lo haría de la mano de José Ruiz-Castillo Franco, el editor de Biblioteca Nueva.

<<Una de las cosas que más tinta ha hecho correr contra mí>>[i]

La autoría no solo del título, sino del agavillado de los artículos, ha sido motivo de controversia desde el mismo momento de su publicación. Hay quien ha llegado a señalar, sin fundamento documental alguno, a Julio Caro Baroja y a Ruiz-Castillo como autores. Caro Baroja, por su parte, se desentiende de la autoría. Giménez Caballero, también. El propio Pío Baroja lo ve como algo ajeno a él, cuando se siente obligado a hablar del asunto y dice que son cosas escritas antes del Movimiento.

Pero no todos los artículos que en ese libro se agavillan son anteriores a la Guerra Civil, ni mucho menos. Ahí se recogen los primeros textos que escribe para Prensa y Propaganda, que aparecen publicados a comienzos de 1938 en distintos periódicos de la España franquista: «El fondo del marxismo», «Diferencia entre los judíos», «Las ideas de Walter Rathenau», «Las promesas de Oriente», «Condición actual de las aldeas»…

En «Expectación», el primer artículo, de fecha 9 de enero, hace referencia al artículo «Un precursor del fascismo: Pío Baroja», de Giménez Caballero.

El mismo Pío Baroja fue dejando en un lugar y en otro pequeños testimonios de que él no tuvo nada que ver con la composición del libro, como el que figura en la nota manuscrita dirigida por el escritor a Fermín Atoegui, de Pamplona: «Libro al que yo no le puse el título, sino que se lo puso el editor Ruiz-Castillo que por entonces estaba en Valladolid».

Ernesto Giménez Caballero sostuvo, también en varios lugares, que él no tuvo nada que ver en la confección del libro, como se ha venido afirmando al dar crédito, únicamente, a las palabras de los Baroja, e insistió, en dos libros suyos además, en que él no fue quien reunió los textos heteróclitos e incluso publicó, en varias ocasiones, una carta de Ruiz-Castillo, fechada en Valladolid el 21 de enero de 1938, en la que el editor le decía: «Cuento entre otros autores con Baroja. El primer volumen que me ha llegado es de Baroja, y ya está en la imprenta, por suerte con un artículo de usted sobre Don Pío como precursor del fascismo»[ii].

Con la atribución de la autoría de este libro sucede algo curioso. Los comentarios son mayoritariamente favorables a Baroja, esto es, le eximen de responsabilidad alguna en la confección del engendro. El fundamento no es documental, me temo, sino de credibilidad personal basada en la simpatía que suscita Baroja como personaje, lo que no sucede con Ernesto Giménez Caballero, a quien no se ha podido rescatar ni como raro, y que tiene un perfil «así como antipático».

Desde luego, Baroja no tuvo que ver con la elección del prólogo, como se desprende de una tarjeta postal, también de Ruiz-Castillo, y de fecha 24 de enero de 1938, dirigida a Baroja que está en Bera y que este incluye, en Aquí París[iii] (1953), en la que no menciona para nada a Giménez Caballero.

Por cierto, que a finales de 1937 Ernesto Giménez Caballero andaba por Pamplona, haciendo un curso de alférez provisional, tal y como cuenta en su libro Memorias de un dictador. No tengo la seguridad de que eso coincida con una visita que hizo a Itzea rodeado de adláteres.

Del agavillado de los artículos no estoy tan seguro, porque en esas fechas Baroja está en Bera y en el libro se recogen artículos que acaba de publicar, y está de por medio la carta que le envía a Marañón el 1 de enero de 1938 hablando de esos artículos.

Ruiz-Castillo hace referencia, además de a esa tarjeta, a una carta que Baroja no publica y que tal vez esté en el archivo de Itzea, porque allí fue dirigida y Baroja lo guardaba todo.

Es decir, que con el documento que el mismo Baroja aporta resulta difícil sostener que ese libro sea fruto de las trapacerías de Giménez Caballero, que se aprovechó de la fragilidad coyuntural del escritor exiliado en París, porque no estaba en París, entre otras cosas.

Por el texto de esa carta se ve que cabe fechar el enjaretamiento del libro en el mes de enero de 1938. Baroja, cuando se refiere a ese libro, defendiéndose de la acusación de haber hecho algo terrible, dice que no es más que una recopilación de artículos y de trozos de libros suyos, como muchos otros.

Una vez más se presenta el dilema de a quién creer en esta historia. No todos mienten, pero me parece que cada cual cuenta lo que le conviene. Así, no es fácil saber, con independencia e imparcialidad, quién dice la verdad y quién no, y por qué lo hace: mala fe, antipatía, ganas de desmitificar al personaje… No es fácil saberlo.

Se puede decir que esto da igual, más que nada porque el episodio es muy menor; pero no da igual, porque el asunto de un libro que nadie lee ni, imagino, leyó en su momento, aunque fuera comprado, ha servido para sostener el cínico oportunismo político de Baroja y sus trapacerías. Lo que tampoco es de recibo.

 

LA versión, hasta ahora desconocida, de Pío Baroja, escrita a finales de los años cuarenta del pasado siglo, en su libro inédito Pasada la tormenta[iv], es la siguiente.

Estando en Bera, Baroja recibió una carta, fechada en Valladolid el 30 de noviembre de 1937, en la que Ruiz Castillo le anunciaba que estaba en zona nacional y que pensaba editar algunos libros sobre ciertos aspectos del Movimiento Nacional. En esa carta, Ruiz Castillo le decía que había leído unos artículos suyos, publicados en América, sobre los tipos que pululaban por París con motivo de la guerra, unas declaraciones sobre la República y los republicanos y unas páginas contra los comunistas en respuesta a los ataques recibidos (asunto Los Visionarios). Y le preguntaba si no querría reunir esos trabajos en un volumen. En el caso en que se decidiera y se lo diera, Ruiz Castillo lo publicaría encantado e inmediatamente.

Baroja le contestó diciendo que un editor chileno tenía el propósito de publicar esos artículos y que no quería contrariarle (cosa que no concuerda con lo que le decía a Marañón). No le dice que lo de Chile surgió tras el proyecto frustrado de editarlo en Austral.

El 7 de diciembre de 1937, Ruiz Castillo volvió a escribirle diciéndole que Marañón, que estaba en su mismo caso, le había escrito comentándole que, dadas las dificultades de comunicación, una edición no se solapaba con la otra, y que, en todo caso, podía reunir los artículos de Ahora y el reportaje del viaje del general Gómez que había hecho para Estampa. Y añadía: «Y otra cosa que resultaría muy interesante sería un Ideario o Antología de las páginas que figuran en sus libros con sus juicios sobre las distintas doctrinas sociales y sus mantenedores o partidarios».

El 24 de enero de 1938, Ruiz Castillo volvió a dirigirse a Baroja para ponerle al día de las gestiones que estaba haciendo para reunir los artículos -algunos proporcionados por Fernández Almagro, lo que quiere decir que hubo más gente implicada en el asunto- y para decirle que no tenía título y que a él se le ocurrían los de «Temas de hoy y de ayer» o «El marxismo y otros temas de hoy».

En esta versión de los hechos, Baroja omite la carta que le envió a Marañón el 1 de enero y en la que le dice:

<<Ruiz Castillo me dice que le escriba a usted pidiéndole los artículos que yo dejé en París para publicarlos él. No me parece la cosa oportuna. Es más, creo que no vale la pena de publicarlas tampoco ahí, porque en esta época de lucha, el panorama cambia y lo que tiene interés hace un año no lo tiene hoy.>>[v]

 

El 18 de febrero, Ruiz Castillo le envió las pruebas de los primeros pliegos y le dijo que viera el título que figuraba en las anteportadas de cada una de las partes en que se dividía el libro. Ahí es donde apareció, por primera vez, el desdichado título de marras.

Sería interesante comprobar si en la correspondencia que en esas fechas cruzaron Pío Baroja y su sobrino Julio Caro Baroja, que, a juzgar por lo poco que se conoce, trataba bastante de asuntos de intendencia, hay rastro de las idas y venidas de la publicación de Comunistas, judíos y demás ralea. Tiempo al tiempo salvo que se oculte, expurgue o destruya.

Baroja no mostró en su momento rechazo alguno por el título. Y del libro se hicieron dos ediciones.

Hasta muy tarde se vio obligado a defenderse, sin decir si fue atacado ni por quién, del libro Comunistas, judíos y demás ralea, y asume para sí que lo que contiene ese libro se escribió antes del Movimiento y fue expresión del sentir de un español individualista, independiente, defensor del libre examen y de la crítica, que no aspiró nunca a conquistar a las masas y que vivió fuera de toda componenda.

¿Por qué hace hincapié Baroja, y varias veces además, en que el libro se escribió antes del Movimiento? Primero, porque es, aunque solo en parte, verdad; y segundo porque no hace falta ser un lince para concluir que esa afirmación se debe a una perentoria necesidad de defenderse, toda vez que la escritura autobiográfica le sirve de defensa y ataque, de afirmación de sí mismo, de lo que él opina de sí mismo; raras veces de autocrítica, o esta es por demás aleve.

Si hace esa aclaración, mucho más precisa y rotunda que otros episodios o anécdotas que está narrando, es porque ya ha recibido alguna acusación de oportunismo por haber publicado el libro a la sombra del Movimiento, y también porque el asunto de ese libro le incordia desde el mismo momento de su aparición y se ve obligado a dar explicaciones, cosa también muy barojiana: las explicaciones de la culpa, las que le suelen pedir personajes que raras veces tienen nombre y rostro, y resultan por demás fantasmales.

Es muy interesante el capítulo <<Expectación>>[vi], donde habla de los jóvenes falangistas que le visitan en Bera y le invitan a conocer la España actual, y donde dice que si regresa es porque le faltaba la Patria, por no hablar de que <<el triunfo de Franco se dibuja muy claramente>>, y lo ve como una garantía de orden y de hacer algo parecido al <<milagro alemán>> perpetrado por los nazis.

Este artículo no se escribió antes del Movimiento, sino en pleno fragor de la guerra y en Salamanca, y fue publicado después de la salida del libro o a la par de este.

De hecho la parte más importante del libro, la primera, casi la mitad del libro, titulada <<El comunismo, los judíos y otros temas de hoy y de ayer>>, está formada por artículos escritos al tiempo de la guerra.

La publicación del libro tuvo el eco de un artículo firmado por un tal <<Zoilo>>, en un sección periodística titulada <<La sexta columna>>, en el que el autor le acusaba de haber acatado al Caudillo salmantino, lo que equivalía a gritar <<Viva las cadenas>>.

Baroja dice que el autor de ese artículo es Manuel Chaves Nogales, que, le constaba, llevaba viviendo en París más de un año. Dudo mucho que Chaves tuviera conocimiento del libro publicado en Valladolid. Pero una por una, la acusación infundada, o mejor, fundada en lo que le han dicho o ha oído. Chaves ya había muerto y no podía defenderse de la acusación el día que se publicara.

La respuesta de Baroja a Zoilo es sobrecogedora: <<Yo no he acatado ningún gobierno especialmente, si bien, en general, tengo que acatar a todos los que se van sucediendo, porque mi vida ha carecido de medios y de autoridad para decir este sí, este otro no>>. El compromiso político y las ideas a él aparejadas no existen. Es una cuestión de ingresos. Si no se tiene dinero no hay actividad política subversiva o rebelde que valga, no queda más remedio que acatar.

Cuando vuelva sobre el mismo tema, que se ve le atosigaba, un Baroja por completo senil añadirá un pequeño desbarre y dirá que lo que ocurría es que no tenía salida, porque había escrito, dos años después de publicarse el libro, un rapport contra los alemanes y no le quedaba más remedio que acatar el régimen que le había tocado porque no tenía dinero para irse…

 

[i] Pasada la tormenta, cuartilla 171.

[ii] Ernesto Giménez Caballero, Memorias de un dictador (Planeta, Barcelona, 1979), pág. 10, y Retratos españoles (Bastante parecidos), ob. cit., pág. 106.

[iii] Aquí París, O.c., t. XV, pág. 499.

[iv] Pasada la tormenta, capítulo XVIII, <<El título de un libro>>, cuartillas 171 a 179.

[v] Carta publicada por Marino Gómez-Santos, Pensando en Baroja, ob. cit., pág. 146.

[vi] Copia del artículo <<La vuelta a la patria>>, publicado en La Gaceta Regional, Salamanca, 1-III-1938.

El Escarmiento y Pío Baroja

Raimundo García, Garcilaso, a la izquierda del general Mola, 19 de julio de 1936.

A Baroja el pistoletazo de salida del Escarmiento le pilló en Bera. Fue detenido en circunstancias confusas que su familia no ha tenido nunca interés en aclarar del todo (¿por qué no han hecho público el contenido de la cinta magnetofónica grabada al médico  de Bera que acogió a Baroja la noche de su detención? ¿Porque es fala?) y se escapó a Francia con la ayuda de un carabinero que le dejó pasar la frontera porque no quería hacer mal a nadie. “Hay gente buena en el mundo”, escribió, y lo tachó luego. Tronchante. Baroja. No hay cuidado, ya publicaré la fotografía del texto cualquier día de estos. Luego se instaló en San Juan de Luz, como relaté en mi libro Tiempos de tormenta (silenciado a conciencia) y barra libre, rico buffet, rico, así hasta que muy poco antes  de marcharse a París escribió una carta a Raimundo García, Garcilaso, director de Diario de Navarra, y el ayudante más asiduo del general  Mola en su conspiración contra la República y un periodista filo nazi y feroz que se hizo el amo. Le adjuntaba un artículo que se publicó al día siguiente, 1 de septiembre de 1936.

Garcilaso conocía a Baroja. Tanto como que unos meses antes, Ricardo Tejedor, el pintor de la estación del Norte,  de pamplona, amigo de todos y también de los de la futura Nave de Baco, que ya se bebían lo que hubiera por delante y alguno de ellos se fumaba los puros y se bebía el coñac de su primo Luis Elío mientras conspiraba alegremente con un “amigo de casa”, Antonio Lizarza, jefe del Requeté; bueno pues Tejedor le avisó a Garcilaso de que Baroja llegaba en el rápido, o un uno, qué más da, de modo que Garcilaso bajó a la estación y almorzó con el escritor en la fonda. Baroja le dio un libro, dedicado, El cura de Monleón. Cuando se despidieron Garcilaso se volvió para Pamplona dándose un paseíto higiénico y ojenado el libro, y como vio de qué trataba, él que era muy católico, lo rompió en pedazos y los tiró por el puente de Cuatro Vientos al río. Poco ojeó, porque el puente está cerca, pero bueno. Eso cuentan las hagiografías y a mí me gusta leerlas, como me gustan los Ecos de Sociedad y las Gacetillas porque te dan  pistas asombrosas. Las rebabas de la época están atrapadas en esas redes de naderías.

Baroja en Baztan

Baroja en Baztan

YO no sé si el valle de Baztan es un buen o un mal lugar para leer a Baroja. En Baztán escribí, entre el año 2000 y el 2007, tres ensayos biográficos sobre el escritor y sus puestas en escena.
Trabajo inútil el mío o poco menos; tiempo tirado por la ventana; un auténtico buffet de erudición brava… barra libre, tras el silenciamiento radical de los bonzos universitarios y de sus camarillas de lameculos y palanganeros con los que hay que andarse con cuidado. Unos y otros son de una generosidad intelectual de campeonato, auténticos navajeros de la toga.
Por casualidad he leído por enésima vez, estos días de cielo borrascoso, esta primera biografía que le dictó Baroja a Pérez Ferrero. Me la ha prestado un buen amigo baztanés. ¿Dijo Baroja o no aquello de “Qué jaula tan bonita para semejantes pájaros”, refiriéndose a Baztan? Si lo dijo, no sé a quién y si lo escribió, no recuerdo dónde.
Es una especie de puesta en claro y de contar de manera canónica su propia vida, cosa que no es rara entre escritores que temen que alguien (lectores, espectadores, curiosos ya muy hartos de la monserga yo no tengo costumbre de mentir que ponen por delante los mentirosos compulsivos para buscar el aplauso de su cuadrilla y sus secuaces), alguien, decía, pueda hacerlo de manera libre con lo que han visto y leído. Lo curioso es que siempre encuentro algún detalle que me suena a nuevo.
Ese libro fue editado en Chile, en 1940, en la misma editorial donde publicó su Ayer y Hoy, y escrito en la Cité Universitaire de Paris, en 1938 (Baroja), donde biógrafo y biografiado se encontraban refugiados.
Hay un trabajo poco conocido de Pérez Ferrero, ¿Cómo era Pío Baroja? (1977) donde refiriéndose a aquella época de la vida de Baroja, no tan chocarrera ni tan lacrimosa como a ratos se complació en ponerla en escena, donde el biógrafo de 1938, dice del biografiado lo que no dijo entonces:

“Tenía un ligero fondo racista que quizá le viniese de su misma raza vascongada, o que acaso le naciera en la Ciudad Universitaria de París los años de su exilio. Allí había, es cierto, una superabundancia de estudiantes de raza negra y de judíos. Jamás hizo Baroja un gesto incorrecto que pudiera delatar que no le gustaban, pero lo comentaba en privado y con y con las muy escasas personas con las que tenía confianza. Le irritaba muy especialmente ver a muchachas blancas, bellas, hermosas, algunas de gran delicadeza física, en amorosa compañía de los morenos. Los judíos le parecía que eran, en cierto modo, unos invasores de la Ciudad Universitaria. No creemos que estuvieran en mayoría, pero desde luego abundaban, se les veía por todas partes, intervenían en muchas cosas, y sus colegas franceses, esos judíos en gran parte lo eran, se quejaban de que les hacían en las becas y en las colocaciones, una vez las carreras terminadas, perjudicial competencia, porque estaban muy particularmente protegidos por los judíos que ostentaban puestos claves, algunos en el mismo gobierno. A Pío Baroja, sencillamente, aquellos negros y aquellos judíos no le gustaban.

En este texto hay materia para comentar algunos aspectos importantes de la verdadera personalidad de Baroja, no sobre la que entre unos y otros hemos subido a los altares del Palmar de Itzea, famoso santuario y centro de peregrinación de incondicionales y solo de incondicionales.
¿Era así Baroja, como Peréz Ferrero describe? Es verosímil, pero también estoy seguro de que no solo era así. Si de algo me sirvió dedicar las horas que dediqué a escudriñar los rincones de su vida, es para poder afirmar que la suya fue, como poco, una personalidad compleja, contradictoria, laberíntica como pocas, y mucho más delicada de lo que dejan suponer sus puestas en escena.
Decía su sobrino Caro Baroja (Julito) y me lo confirmó varias veces Carlos Castilla del Pino que lo que de verdad quedaba por escribir sobre Pío Baroja era su perfil psicológico, en profundidad, en extenso.

“Pío Baroja, a escena”

408518_179895078801088_2035712056_nDías pasados me dieron la noticia de que una editorial va a reeditar el próximo año 2016 esta biografía de Pío Baroja que publicó la editorial Espasa-Calpe en el año 2006.
Ya antes de entrar en imprenta, cuando estábamos reuniendo la documentación fotográfica que acompaña a esa edición, mis relaciones con la editorial se estropearon y comenzaron a ser poco fluidas, digamos, por motivos que nada tenían que ver con Baroja.
No me imaginaba que también iba  ser la causa de que mis relaciones de amistad con la familia Baroja se iban a estropear e iban a quedar dañadas. Nunca he llegado a saber qué fue exactamente lo que en este libro les molestó, tanto como para romper una relación de afecto que había sido excelente hasta entonces (de los insultos en la Sala de Cultura Julio Caro Baroja, de Bera, hablaré otro día… en la regata del Bidasoa te enteras de todo) y que es, sin lugar a dudas, lo más triste y lamentable de toda esta historia.
Cuando el libro por fin salió a la calle, hacia mayo de ese año, la editorial Espasa no hizo presentación alguna del libro y envió los ejemplares de prensa tan a regañadientes como a cuentagotas, de modo que el libro fue muriendo al poco de nacer. Tuvo una acogida de prensa menos que mediocre, fue objeto de una crítica académica acerba y maliciosa, y al final fue por completo silenciado, convertido en algo menos que en una rareza. En la red no es fácil encontrar mucho de significativo sobre el libro. ¿Lo boicotearon? Creo que sí –barojianos, incondicionales, oportunistas, amigos, amigotes…no faltaron voluntarios que, encima, se acusaban unos a otros de haber suministrado información maliciosa a la familia–… de la misma forma que entre unos y otros vetaron mi participación en un congreso sobre Baroja que Ramón Tamames iba a montar en Pamplona con objeto se sacarse unos jugosos ingresos: la familia Baroja acusaba a la dirección de Cultura del Gobierno de Navarra y esta a la familia. ¿A quién creer? No lo sé, pero estimo que quien dirigía entonces el Departamento de Cultura del Gobierno de Navarra, era  persona más retorcida que todos los Baroja juntos, pasados, presentes y futuros, sin comparación vamos, algo asombroso. El Congreso no se celebró, pero me permitió publicar mi ensayo Tiempos de tormenta (Pío Baroja 1936-1940), rigurosamente silenciado, que es una ampliación exhaustiva de varios capítulos de esa biografía, los referidos a al Guerra Civil y el exilio francés del escritor.
A la próxima edición le añadiré un epílogo en el que relataré todo lo sucedido estos años, además de incorporar datos nuevos reunidos tras unas lecturas “barojianas” que no han cesado. Son incontables las horas de trabajo dedicadas a ese libro, en condiciones no muy favorables, sin las facilidades de las que gozan los profesores universitarios, como para dejar que esa biografía caiga en la inexistencia y quede en nada.

ITem más: como dato curioso diré que el libro me ayudó a salir de un mal paso en Bolivia, cuando fui detenido por la FELCN. Depués de que los perros olfatearon el ladrillo empezaron a darse cuenta de que estaban cometiendo un error: era muy raro que un “historiador” (eso me dijeron) fuera a la vez mafioso italiano y buscadísimo narcotraficante.