Derrotero de Pío Baroja (I)

DYleC7uWkAAFr0kEl ensayo se publicó en el año 2000 y la fotografía está tomada el día de la presentación del libro en la plaza de la Constitución, de San Sebastián. Luego hubo un almuerzo en un asador del Casco Viejo, en el que Pío Caro brindó por los astilleros vascos y por el imperio español, habida cuenta de que entre los comensales había una nieta de José María de Areilza… como bien recordarán parte de los asistentes.

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Desde el mirador de Biriatu

 

DESDE EL MIRADOR DE BIRIATU[*]

IMG_0259COMO esperado, este libro lo ha sido mucho. Se sabía de su existencia por la Guía de Pío Baroja (Madrid, 1987, p.161) y por otros textos. Se sabía que era el tomo VIII de sus memorias, y que, tarde o temprano, se iba a publicar, como se anunciaba en el libro citado (páginas 161 y 178). Ya en vida, Baroja tuvo serios reparos, no ya en publicar libros como este, sino en escribirlos, por temor a incomodar a unos y a otros, como lo testimonio César González Ruano en su Diario íntimo (anotación de 2.5.1952).

Esta obra, al igual que todas las que hasta ahora permanecen inéditas y la correspondencia de Pío Baroja, son imprescindibles, más que necesarias, para, entre otras cosas, poder escribir una biografía cabal de Pío Baroja que cubra muchas de las lagunas forzosas que existen a día de hoy.

Las novelas por el fuerte componente autobiográfico que tienen todas las suyas y, en especial, las <<testamentales>> de los últimos años, en las que Baroja hace recuento de lo vivido, y porque, si son como Miserias de la guerra, presentada a censura en 1951, de seniles no tienen nada, al revés, esa al menos es de una viveza extraordinaria.

¿Añade Baroja algo a lo ya dicho en Ayer y Hoy, Aquí París y Paseos de un solitario? Yo creo que sí. Y hasta de sí mismo, de la vida que llevó en un modesto alojamiento situado en un barrio muy popular (quartier Fargeot, donde estos días derriban la última de las conserveras que Baroja veía desde su ventana), frecuentado por obreros, campesinos, marineros y por refugiados, ex combatientes unos, civiles los más.

Baroja dice que <<enjareta>> estas páginas echando mano de unos libros escritos al tiempo de los acontecimientos (y excusando sus errores en el no tener dinero para pagar un secretario), pero lo cierto es que resulta fácil establecer qué anotaciones de las tomadas por Baroja corresponden a los días pasados en San Juan de Luz y aledaños, entre el 23 de Julio y un día, entre el 20 y el 24 de septiembre, en que se fue a París, y cuáles corresponden a una reelaboración tardía de comienzos de los cincuenta, cuando se hace eco de cuál era el puesto que ocupaba Martínez Campos en la capitanía general de Tenerife o de lo sucedido en Pamplona durante su primer exilio que no pudo conocer más que a su regreso.

            La parquedad de sus anotaciones de Baroja, ya característica, impide identificar, con total seguridad, a los comparsas de aquellos días: a un diplomático con el que, días antes de irse a París, se come unas ostras, por ejemplo. Hay indicios, serios, pero no certezas. Baroja habla de que tiene lamparones en la chaqueta, pero no dice quién se los limpia. Un detalle. Y como este, muchos otros, fruto no de la intención de ocultar, sino de una peculiar forma de escritura que era la de sus libros memorialísticos: espectador siempre, más que actor. Pero es más lo que omite (ya contado en otros libros suyos) que lo que cuenta. La guerra en la frontera es, en este sentido, un libro á clef, a lo que contribuye mucho el uso de iniciales o de indicaciones imprecisas: <<un diplomático>>, <<un carlista de Pamplona>>, <<uno de Vera>>…

            Baroja añade indicios que complican, más si cabe, el famoso incidente de la tarde-noche del 22 de Julio de 1936 en la carretera de Bertizarana, cuando la vida de Baroja pudo correr peligro, a manos de personas que, hasta ahora, no han sido identificadas más que en falso, de no intervenir, y de manera decisiva además, varios militares de la aristocracia española, como Martínez de Campos (colaborador de Cruz y Raya) o Andrada, y, telefónicamente, hasta el cuñado de este último, Alfonso García-Valdecasas, además, claro, de otros mandos de la columna Ortiz de Zarate, como el capitán Rafael Tejero Saurina.

            Y junto a episodios sabidos o medio sabidos, y a las opiniones contundentes, en este libro aparecen, sin otro orden ni concierto que el de la necesidad de contar, el pistonudo encuentro con el médico de la familia, Encinas de Muñagorri, teósofo (con el seudónimo William Fardwell), taumaturgo y marxista, y, más tarde, intérprete del Estado Mayor Ruso; el encuentro en la carretera con el sacerdote y escritor nacionalista vasco Ariztimuño, que fue fusilado por los franquistas (aunque no como dice él); el encuentro con su viejo amigo Lequerica, la detención de Bago, el calamitoso incendio de Irún, contado en parte como testigo y en parte de un libro que ha leído, las fechorías y pillajes de los milicianos (y también de los otros), las andanzas de Mariano Menor Poblador, gobernador republicano de Navarra, puesto a salvo por el propio Mola; las referencias a los atentados fascistas en Madrid, que él conocía de primera mano; el ambiente de estampida, el eco de los fusilamientos de la retaguardia en Pamplona (se hace eco de un médico que denuncia y quiere matar a un farmacéutico), el clima de delación y odio que se vivía hasta bajo los porches de La Pérgola (el casino de San Juan de Luz), los canjes de prisioneros (el del doctor José Bago), el mirador del restaurante Andueza de Biriatu, desde cuya terraza se podía seguir la guerra como en un teatro y cuyo deplorable ambientorro aparece hasta en algunas memorias de aristócratas españoles refugiados en aquel momento en Biarritz, hacen de este libro una lectura apasionante, como testimonio directo de una época y como siembra de pistas sobre la vida y milagros de Pío Baroja en las primeras semanas de la guerra civil.

[*] Artículo publicado en ABC

«Una revelación al hilo del incidente Baroja»

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La detención de Pío Baroja el 22.7.1936 según pruebas documentales estrictas, no rumores de montería manchega de aristócratas con timbas y canciones del Fari como fondo: Fernando Mikelarena en Muertes oscuras (Pamiela, 2017). También en este artículo: «La memoria de Pío Baroja y la memoria compartida de su familia: recopilación y nuevos datos sobre su detención y encarcelamiento el 22 de julio de 1936», en Memoria y Civilización, Revista del departamento de Historia, Historia del Arte y Geografía, de la Facultad de Filosofía y letras, de la Universidad de Navarra, pp. 309-336

El laberinto de las sirenas

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«El laberinto de las sirenas», de Carlos García-Alix, en el Consulado de Francia, de Madrid, todo un mundo de españoles sin patria, París-Madrid 1936-1940. Una magnífica exposición.

Baroja refugiado en el Colegio de España de París donde digamos que le dicta su primera biografía autorizada: «Entre las estudiantes francesas la mayoría era muy reservada, aunque había algunas que se sentían bacantes. Las norteamericanas eran las más atrevidas y entre ellas había muchas borrachas y entusiastas del whisky».

Opiniones y paradojas

BAROJAEl libro se presentó a todo trapo en el restaurante Julián de Tolosa, haut-lieu del culto barojiano, con un almuerzo contudente en el que con toda solemnidad Pío Caro me hizo entrega de manera solemne de un medallón de bronce con la esfinge de Pío Baroja. Estuvieron presentes diversos barojainos incondicionales y también mi agente literaria de entonces, Laure Merle d’Aubigné, la que años más tarde se escaparía de manera vergonzante dejándome colgado. Tempus fugit. Si Tusquets publicó ese ramillete de opiniones contudentes, exabruptos y humnoradas, fue porque en aquel entonces (años 2000) andaba cortejando a la familia Baroja para poder publicar las novelas inéditas de Pío Baroja.  (Continuará)

 

Las paradojas de Pío Baroja

 

Sánchez-Ostiz recoge en un libro el pensamiento de Pío Baroja

BAROJA“El que prueba de joven la Amanita barojiana se queda intoxicado para toda la vida”, dijo ayer el escritor Miguel Sánchez-Ostiz en el transcurso de la presentación de su libro Pío Baroja. Opiniones y paradojas, editado conjuntamente por Tusquets y Caro Raggio.Sánchez-Ostiz empieza por aplicarse a sí mismo esa contundente afirmación, cuando confiesa que ha prologado y seleccionado los textos desde la pasión barojiana. Un libro que en principio iba a contener aforismos pero que se transformó en algo más tras la última inmersión que Sánchez-Ostiz realizó en la obra del autor de La leyenda de Jaun de Alzate, que desde hace años conoce profundamente: “No podía ser un libro de cien páginas con frasecitas, y nos enzarzamos con un proyecto más ambicioso, pero tampoco podíamos salir con un tocho recopilatorio de la infinidad de opiniones que Baroja dejó escritas sobre muchísimas cuestiones”, aseguró.

Para apoyar esta novedosa edición, que gira más bien en torno a opiniones, juicios y sentencias personales del autor donostiarra, y no tanto en torno a las que vertía en su obra creativa, acompañaron ayer a Sánchez-Ostiz el sobrino de Baroja, Pío Caro Baroja, y su hijo Pío Caro, que aún mantienen el sello de Caro Raggio, con el que editó durante años el padre y abuelo, respectivamente, de ambos.

La recopilación de estos textos, tomados de toda la obra barojiana, ofrece dos aspectos novedosos. Por un lado, el libro se ha planteado como un diccionario alfabético cuyas voces se han extraído tanto de la obra de ficción (cuando Baroja se convertía en trasunto de alguno de sus personajes) como de las memorias y ensayos. Por otro, se ha tratado de que todos los fragmentos escogidos no estén descontextualizados: “A veces se vierten frases que pueden parecer estrepitosas o un simple exabrupto, y es porque no están situadas en su contexto”, dice Sánchez-Ostiz, que mantiene que la ideología de Baroja apenas cambió a lo largo de su vida y define su libro como “un gran mapa del mundo barojiano”.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de diciembre de 2000

De la amanita barojiana

DE LA AMANITA BAROJIANA[*]

 

30ba18dc7002f138d3aefa05f62784f5Crónica barojiana, de Pío Caro Baroja, es, por ahora, la última pieza del mosaico de la memoria literaria y familiar de la saga Baroja, una pieza insustituible y una pieza que faltaba. Un libro compuesto a mi modo de ver por dos libros distintos aunque traten de los mismo o de parecidos asuntos, barojianos en sentido amplio todos: <<La soledad de Pío Baroja>> (México, 1953), y los escritos en los últimos años y reunidos bajo el título general del libro en los que hay de todo, prólogos, remembranzas de todos los miembros de la familia y de sus particulares aficiones y talentos, alguna conferencia de una rara viveza (por el tono lo digo más que nada) Textos, por tanto, escritos con mucha diferencia en el tiempo. Uno en la juventud, los demás en la senectud del autor, cuando este se complace en remedar al Rey Lear.

La soledad de Pío Baroja era un pieza muy buscada de la bibliografía barojiana, de pura bibliofilia casi (con todas sus pamemas). Raras veces ha aparecido en catálogos de viejo y cuando lo ha hecho ha sido para desaparecer de inmediato.          Pío Caro escribió ese ramillete de estampas barojianas, de secuencias casi de una imposible película, cuando era todavía un mozo lleno de inquietudes, la de partir y alejarse de la asfixia moral de la España de la posguerra. Lo escribe en la víspera de su viaje a México, el viaje relatado en su libro de memorias El gachupín (1995 para la edición española) y en su novela El águila y la serpiente (1997), tiene un tono de despedida, urgente unas veces, agónico otras, un tono y una intención de recapitulación forzosa, la de quien se propone atrapar unos instantes que sabe van a perderse, los de la ancianidad de su tío Pío con quien ha convivido casi desde la vuelta del exilio de este, toda su adolescencia y primera juventud. Momentos imborrables que le han marcado mucho, que tienen un lugar de privilegio en su memoria: episodios que le constituyen, que forman parte de su identidad. Tiene mucho ya digo de compendio y de despedida, aunque el autor aclare en el prólogo que se trata de una suerte de presentación para una edición de obras completas mexicanas que nunca llegó a hacerse.

En la primera parte de La soledad de Pío Baroja, aparece, con una viveza casi cinematográfica, la vida cotidiana de don Pío en su casa de la calle Ruiz de Alarcón y en los años inmediatamente anteriores a su muerte. Son los años y es el escenario de la tertulia famosa, de los chascarrillos, de los lances del personaje de leyenda y de mala, pésima literatura (al Baroja de Benaudalla me refiero), el que siempre quedaba resultón en una entrevista, el que ha nutrido la peor leyenda del autor (a ella se refiere Pío Caro en otros textos complementarios del libro). La segunda parte de La soledad, la titulada Baroja en su obra, es un recorrido por la obra de don Pío, por asuntos temáticos y por libros concretos, en el que Pío Caro aporta no pocas claves valiosas sobre la obra de su tío y la escritura de alguno de sus libros. Un testigo de excepción, un lector lúcido y apasionado también que sabe contagiar el placer y el entusiasmo de su propia lectura.

         La segunda parte del libro está compuesta por unos textos escritos por Pío Caro al pairo de aniversarios familiares de recuerdo forzoso: su tío Ricardo, su madre Carmen o su hermano Julio. Textos impregnados de emoción intensa, de tristeza, de ternura. El tono es un tono melancólico y reivindicativo. Melancólico cuando habla de un mundo que él sabe por lo que a él respecta, desaparecido para siempre, como lo están sus muy precisos y queridos protagonistas, y reivindicativo de su memoria hecha memoria familiar, pero también memoria literaria, social, de una época y un país dejado atrás. Están, sí, los miembros de su familia, pero también están los autores de unas obras algo más que valiosas. Cuida mucho, en muchos pasajes, en afirmar que al margen de los peculiares rasgos de la personalidad de los Baroja, están sus obras, que es en ellas en las que hay que mirar, no en los chascarrillos. Hay dos textos espléndidos, los titulados <<Intermedio, Paseos de un solitario>> (curiosamente una reescritura en el tiempo del último capítulo de La soledad de Pío Baroja) y <<Radiografía familiar>>, impagable este.

         <<Radiografía familiar>> es un texto especialmente intenso, apretado, y puede ser tomado por el boceto de unas particulares memorias incluso, un intento de pone orden en los recuerdos y en las polémicas y exabruptos que todavía concitan los miembros del grupo familiar y sus obras. Un texto en el que aparece el autorretrato moral e intelectual del autor (que siempre anda por los rincones sin armar barullo) y en el que desgrana con eficacia el por qué de los barojianos, de esos individuos, ferozmente individualistas, que encuentran un eco cierto en los personajes de papel de don Pío. Dice Pío Caro que la amanita barojiana es una seta que envenena a quien la prueba y le crea una adición rara, le produce una tendencia a andar a contracorriente, a callar cuando los demás vocean, a decir lo que piensa cuando todos callan, a ir cuando los demás vuelven, a estropear la farra hablando claro. Algo parecido al etiamsi omnes non ego de Julien Benda (en La trahison des clercs), pero con menos bambolla, con aquella tranquila franqueza de los personajes barojianos, de los estupendos alter egos de don Pío, a los que este prestaba voz y sobre todo vida, heridas, alegrías y rasgos de humor ciertos.

         Pío Caro, el autor de títulos memorables, como Imagen y Derrotero de Ricardo Baroja o Itinerario sentimental, el libro dedicado a Itzea, la casa familiar, con poco o ningún ánimo de armar ruido, pero con una autoridad indiscutible, viene a completar de manera gozosa (para el lector) ese frondoso fresco barojiano en el que sus lectores se pierden. Algo más, bastante más que un libro para barojianos.

[*] Este texto fue publicado años antes de que el interesado me insultara en público, no estando yo presente, para regocijo de la afición.