Baroja en Baztan

Baroja en Baztan

YO no sé si el valle de Baztan es un buen o un mal lugar para leer a Baroja. En Baztán escribí, entre el año 2000 y el 2007, tres ensayos biográficos sobre el escritor y sus puestas en escena.
Trabajo inútil el mío o poco menos; tiempo tirado por la ventana; un auténtico buffet de erudición brava… barra libre, tras el silenciamiento radical de los bonzos universitarios y de sus camarillas de lameculos y palanganeros con los que hay que andarse con cuidado. Unos y otros son de una generosidad intelectual de campeonato, auténticos navajeros de la toga.
Por casualidad he leído por enésima vez, estos días de cielo borrascoso, esta primera biografía que le dictó Baroja a Pérez Ferrero. Me la ha prestado un buen amigo baztanés. ¿Dijo Baroja o no aquello de “Qué jaula tan bonita para semejantes pájaros”, refiriéndose a Baztan? Si lo dijo, no sé a quién y si lo escribió, no recuerdo dónde.
Es una especie de puesta en claro y de contar de manera canónica su propia vida, cosa que no es rara entre escritores que temen que alguien (lectores, espectadores, curiosos ya muy hartos de la monserga yo no tengo costumbre de mentir que ponen por delante los mentirosos compulsivos para buscar el aplauso de su cuadrilla y sus secuaces), alguien, decía, pueda hacerlo de manera libre con lo que han visto y leído. Lo curioso es que siempre encuentro algún detalle que me suena a nuevo.
Ese libro fue editado en Chile, en 1940, en la misma editorial donde publicó su Ayer y Hoy, y escrito en la Cité Universitaire de Paris, en 1938 (Baroja), donde biógrafo y biografiado se encontraban refugiados.
Hay un trabajo poco conocido de Pérez Ferrero, ¿Cómo era Pío Baroja? (1977) donde refiriéndose a aquella época de la vida de Baroja, no tan chocarrera ni tan lacrimosa como a ratos se complació en ponerla en escena, donde el biógrafo de 1938, dice del biografiado lo que no dijo entonces:

“Tenía un ligero fondo racista que quizá le viniese de su misma raza vascongada, o que acaso le naciera en la Ciudad Universitaria de París los años de su exilio. Allí había, es cierto, una superabundancia de estudiantes de raza negra y de judíos. Jamás hizo Baroja un gesto incorrecto que pudiera delatar que no le gustaban, pero lo comentaba en privado y con y con las muy escasas personas con las que tenía confianza. Le irritaba muy especialmente ver a muchachas blancas, bellas, hermosas, algunas de gran delicadeza física, en amorosa compañía de los morenos. Los judíos le parecía que eran, en cierto modo, unos invasores de la Ciudad Universitaria. No creemos que estuvieran en mayoría, pero desde luego abundaban, se les veía por todas partes, intervenían en muchas cosas, y sus colegas franceses, esos judíos en gran parte lo eran, se quejaban de que les hacían en las becas y en las colocaciones, una vez las carreras terminadas, perjudicial competencia, porque estaban muy particularmente protegidos por los judíos que ostentaban puestos claves, algunos en el mismo gobierno. A Pío Baroja, sencillamente, aquellos negros y aquellos judíos no le gustaban.

En este texto hay materia para comentar algunos aspectos importantes de la verdadera personalidad de Baroja, no sobre la que entre unos y otros hemos subido a los altares del Palmar de Itzea, famoso santuario y centro de peregrinación de incondicionales y solo de incondicionales.
¿Era así Baroja, como Peréz Ferrero describe? Es verosímil, pero también estoy seguro de que no solo era así. Si de algo me sirvió dedicar las horas que dediqué a escudriñar los rincones de su vida, es para poder afirmar que la suya fue, como poco, una personalidad compleja, contradictoria, laberíntica como pocas, y mucho más delicada de lo que dejan suponer sus puestas en escena.
Decía su sobrino Caro Baroja (Julito) y me lo confirmó varias veces Carlos Castilla del Pino que lo que de verdad quedaba por escribir sobre Pío Baroja era su perfil psicológico, en profundidad, en extenso.

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