El viaje de invierno de Pío Baroja

EL VIAJE DE INVIERNO DE PÍO BAROJA

Camino de perfección, subtitulada <<Pasión mítica>> es una novela de claras resonancias autobiográficas. El Baroja que la escribe tiene treinta años y es, si tenemos que hacer caso a lo que nos ha dejado dicho de si mismo en un sitio y en otro, un joven pasablemente desconcertado, consigo mismo y con su entorno vital, geográfico, hacia el que siente una hostilidad y un desprecio manifiestos. Un joven de su tiempo por tanto, pero sólo hasta cierto punto, porque la escritura febril fue al final la salida a su desconcierto.

Es en las páginas de sus memorias y textos autobiográficos donde hay que buscar esas explícitas resonancias y donde Baroja reconoce haber conocido a un trasunto de Fernando Ossorio en la facultad de medicina y haberlo utilizado para construir su personaje, que por otra parte aparece también en Silvestre Paradox, y en compañía de su turbia parentela.

Novela autobiográfica o no, lo que si hizo Baroja es, como en otros muchos casos, prestarle a su personaje no pocos avatares personales y parte del arsenal de sus perplejidades, de sus ideas más o menos erráticas, de aquello que le inquietaba e incitaba a una vida oscura.

Camino de perfección se publicó en una primera versión, entre el 30 de agosto y el 8 de octubre de 1901, en forma de folletín en La Opinión, un periódico al que Baroja calificaría, con el tiempo, de “periodicucho”, denigrando de paso, a su propietario, Alba Salcedo (don Leopoldo), a quien puso en escena como un pequeño hampón del periodismo de la época: sólo tenía un periódico, pero cobraba del ministerio del ramo por cinco cabeceras. Es en esa época cuando Pío Baroja frecuenta las redacciones de los periódicos y revistas madrileñas (y el Petit Fornos) y cuando empieza a colaborar de una manera más o menos asidua en todos los medios que puede, como una forma alternativa a su trabajo en la panadería familiar: El Globo, El Imparcial, El Ideal, El País, Electra, Juventud, Arte Joven, Revista Nueva (donde conocería a Rubén Darío, Maeztu, Valle-Inclán, Benavente, Palomero… Ese, el de la redacciones, los cafetines y cervecerías, aparecería en sus páginas como un mundo de claroscuros, espeso a ratos, luminoso a otros, abigarrado siempre, hambrón y hamponazo, donde triunfaba no el mejor, sino el más cuco, como ayer, como hoy, igual.

Hasta ese momento Pío Baroja ha publicado La casa de Aizgorri, Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, y Vidas sombrías. Será Bernardo Rodríguez Serra, una de las pocas personas de las que habla con mayor afecto y respeto sincero en sus memorias, quien publique la novela en su versión más o menos definitiva en marzo de 1902.

Al poco de salir a la calle y “En razón de haber dado a la estampa su peregrina novela que se dice Camino de perfección”, se celebró un famoso banquete en el Parador de Barcelona, calle de San Miguel, 27, el 25 de marzo de 1902. Al banquete (nocturno) asistieron entre otros Ortega Munilla, Azorín (que fue el que redactó al invitación), Mariano de Cavia que habló mal de todo el mundo, el célebre Cornuty que se puso a faltarle a don Benito Pérez Galdós… Fue un tumultuario banquete de escritores, muy de la época, en el que nadie pareció estar del todo a gusto, al revés. Unos riñeron con otros y casi todos acabaron molestos, sobre todo los que se preguntaron por qué se le hacia el homenaje a Baroja y no a ellos. Hampa literaria, hampa conocida por Baroja hasta hartar en su primera época madrileña y de la que dijo que eran patológicamente malévolos. A ese hampa literaria y bohemia le dedicó Baroja muy agrias páginas a lo largo de toda su vida. Luego, a la salida del banquete, unos señoritos les tildaron de modernistas y, en consecuencia, de pederastas, y la noche acabó a trompazos. A propósito de trompazos, en Camino de perfección hay varias escenas violentas descritas con vitalidad y gracejo, y que me parecen significativas del carácter de su autor: alguien que no se dejaba empujar facilmente… el mismo niño que si se terciaba se calentaba los morros en los glacis de las murallas de Pamplona.

Para entonces Baroja ya ha dejado de ser médico rural en Cestona y se ocupa mal que bien de la panadería de su tía Juana Nessi, en la calle de Capellanes, junto al convento de las Descalzas Reales de Madrid, aunque al tiempo de la publicación de la novela se acabaran de mudar a la de Álvarez Mendizabal, ha vivido una temporada en París, pero se ha tenido que volver, quiere dedicarse a escribir y lo hace como puede, en medio de una gran incertidumbre personal, de muchas dudas y lagunas de formación.

Camino de perfección, y convendría no olvidar este detalle, es una novela folletinesca. Es decir, una novela que se va construyendo de manera evidente al ritmo de la aparición de los sucesivos capítulos, de ahí por tanto su evidente desorden y en ocasiones aparente confusión. Todo sea en aras de la acción trepidante: cambios arbitrarios de narrador, súbita aparición o desaparición de personajes que a veces no pasan de ser un mero nombre o que no llegaremos a saber quiénes son. Pasaban por ahí y eso basta, y este será uno de los rasgos del arte de novelar de Baroja.

En su infancia y adolescencia Baroja fue un gran lector de folletines, pero aquí a él le toca la vez de trazar un folletín curioso en el que más que enormidades y desmesuras al uso y del gusto de los lectores más populares, lo que se cuenta es lo que se va viendo y descubriendo en el paisaje familiar de los españoles, el agrio perfume de su historia más inmediata, su verdadera imagen o algo que se le aproxima a juicio del autor. El folletín hecho reportaje de actualidad, pero también testimonio de una pasión personal, la de Fernando Ossorio, a quien además del desconcierto vital que lleva en el equipaje, a ratos le da por la mística y sus oscuridades y misterios .

El viaje de Fernando Ossorio es uno de los viajes de invierno (winterreiss), aunque abarque otras estaciones, más extraños y más agitados de la literatura española. En lugar de Schubert, aquí hay un destemplado rasgueo de guitarras, berridos de tintes sangrientos y un sordo redoble de cajas destempladas. Fernado Ossorio se echa a los caminos porque no puede soportar su vida en Madrid, el medio social y vagamente familiar en el que vive, ni la vida tan acomodada como extraña a la que le empuja una repentina herencia, ni mucho menos su incapacidad de amar y vivir. <<Soy un histérico, un degenerado>>, dice e insiste mucho en esa descripción cruda y poco amable de si mismo. Fernando Ossorio deambula por Madrid arrastrando un intenso sentimiento de vacuidad de su vida: <<Tengo el pensamiento amargo>>, dirá. Y si se echa a los caminos es por pura ascesis, pero una ascesis inconcreta, porque no sabe muy bien lo que quiere, lo que busca, un vivir más alto, claro, que no logra cifrar en nada real, y además sabe que ese no saber lo que quiere es estéril. Ossorio podría haber hecho suyas y bien suyas las líneas finales de Las horas solitarias: Lo suyo más que un viaje de vagamundos, es una peregrinación por otros tantos templos o lugares de rara devoción, tan seguro como azaroso, que le comunican exaltación y turbación personal a raudales, agitación interior y procuración física e intelectual: El Paular, Segovia, Toledo, la Yécora de su adolescencia en un colegio de escolapios, el campo manchego hacia Albacete, Murcia al fin, donde su peregrinación por el momento termina en el momento en que el pobrecito soñador, sueña la vida de su hijo recién nacido una vida libre alta mientras su suegra le cose un pedazo de evangelios a los pañales. La superstición que no cesa.

Pero Fernando Ossorio sólo se encontrará a gusto en las soledades del campo, aunque nunca por mucho tiempo. Un último disgusto le empuja siempre a regresar al camino. Arrieros, braceros, campesinos humildes, mozas de posada, cómicos de la legua, serán sus ocasionales compañeros de viaje. Ellos darán el contrapunto vital y tremendo a sus soliloquios erráticos y angustiados.

Esa exaltada peregrinación de Fernando Ossorio adquiere en las páginas de Camino de perfección todo el valor por momentos de una guía de viaje: Segovia, Toledo, los alrededores de Madrid, la sierra, la contraposición entre el mundo luminoso que mira al Mediterráneo y el pardo grisáceo que se cierra sobre si mismo del interior. Aquí en esas páginas se nos revela tanto el Baroja exacto paisajista como el vagamundos, el aficionado a patear las ciudades y los caminos de España, o cuando menos de Castilla, cosa que hará en varios momentos con distintos acompañantes: su hermano Ricardo, Azorín, Ciro Bayo, Paul Schmitz…

<<La verdad es que no sé para qué hemos venido tan lejos>>, dirá uno de sus acompañantes nocturnos, y esa parece ser la conclusión de las andadas a pie por Madrid a las que Baroja estaba acostumbrado: la ciudad hecha un circular laberinto. Es la geografía y el laberinto barojiano los que aquí aparecen.

En escena aparece su amigo el suizo de Basilea Paul Schimtz (Max Schultze en la novela) con quien coincide en su viaje al monasterio de El Paular (y curiosamente gracias a quien encontró años después Itzea) y que fue quien le habló largo y tendido sobre Nietzsche, cuyas ideas planean aquí y allá de manera más o menos explícita. Un Nietzsche tan apreciado como negado. Conviene leer las páginas que le dedica en Tablado de Arlequín (1904). Será también con Schmitz con quien visite Toledo y los picos de Urbión.

Y el viaje por Toledo es el que hizo con Azorín en diciembre de 1900, y donde visitaron al gobernador civil. Sólo que el poncio que aparece en escena en la novela, en una escena por demás pintoresca, es alguien disparatado, un perfecto zángano y un cínico abusivo, una caricatura folletinesca. Los modos de la ficción autobiográfica barojiana tienen un enorme interés, es decir, la puesta en escena de los episodios vividos y de sus protagonistas.

Como lo tienen, y mucho, los personajes femeninos de Camino de perfección. Las mujeres en Baroja es un asunto discutido desde siempre, y en el vacío, o con prejuicios o escaso conocimiento de causa (se nota que Baroja es un escritor mucho menos frecuentado de lo que se dice). Es en esta novela donde quizás hayan cobrado más peso y donde más interés (salvo las novelas tardías) adquieren. No hay más que repasar la descripción de Laura, personaje equívoco, de un erotismo exasperado, vivo, urgente, turbulento, sombrío. Hay escenas y descripciones que me parecen admirables. Baroja se expresa de una manera directa con una curiosa mezcla de tosquedad –“el placer a todo pasto”- con una rara finura y una precisión descriptiva que, como mínimo, pone en solfa la necedad de su ensimismamiento.

Para su personaje, y a trancos alter ego, España es algo miserable, un lugar del que unos y otros quieren o quisieran escapar como fuera, ya sean civiles o militares. En ese sentido, en Camino de perfección se refleja todo el resentimiento y la desazón social de un país que acaba de perder las últimas colonias y las guerras a ellas asociadas, todo el desencanto de un país y de unas nuevas clases desclasadas que no dan más que para “golfos”, cuya teoría elabora en sus memorias, que son el complemento ideal de la lectura de esta novela: Ossorio será uno de ellos. Lectura sociológica un tanto excesiva, folletinesca, pero colorista, la de Baroja..

Los golfos son los que aparecen en este y otros libros primerizos como comparsas de fondo, inevitables Los golfos, esos personajes desesperados, vagabundos de la ciudad, sin empleo o con empleos precarios, bohemios que bordean la pequeña delincuencia, desgarrados también, como el Sánchez de Ulloa con el que Ossorio se va de viaje nocturno y con quien termina embrutecido de copazos y comistrajos en una venta de la afueras desde la que se ve un Madrid que en las palabras de Baroja se hace fantasmagórico. Ese personaje no es el único que exclama, <<¡Si estuviéramos en otro país!>>, el militar con el que se tropieza en Toledo y que solo piensa en el dominó y en las putas es de la misma opinión. Aquel, al de Baroja me refiero, era un país en el que no parecían estar cómodos más que la burguesía que vivía de la herencia y del cortar cupones, los caciques y los políticos corruptos, los curas, los frailes y la feligresía a ellos asociada y más embrutecida.

Ossorio sostiene unas ideas antidemocráticas expresas e inequívocas, ya en 1902, muy al hilo de lo expresado poco más tarde en los artículos reunidos en Tablado de Arlequín. Baroja aborrecía del caciquismo y, a la vez, de que el voto fuera de valor igual en un pueblo cerril, analfabeto, inculto y violento, aficionado a esas canciones “brutales, sangrientas, repulsivas, como la hoja brillante de una navaja” que son las jotas –el flamenco, como rasgo de identidad nacional no sale mejor parado.

En Camino de perfección, Baroja hace, a su modo, un agrio repaso de la sociedad española de su época, estamental, jerárquica y pobretona de ideas. No importa cómo fuera sino como la veía, cómo la vivía, sobre todo. Se entiende bien que esta novela fuera reiteradamente censurada y en algún momento de nuestra más reciente historia expresamente prohibida. El anticlericalismo de Camino de perfección es de trazo verdaderamente grueso. Los retratos de los religiosos que allí aparecen no pueden ser más grotescos y los propósitos a ellos unidos rozan todos el despropósito: frailes y curas que por no creen en nada, hipócritas, incultos y que no piensan más que en llenar la andorga y en acostarse con sus barraganas o abusar de muchachitos. Las teologías se las traen al fresco. Todo un programa, todo un panorama.

Seguir hoy los pasos (a los interiores me refiero ahora) de Fernando Ossorio es casi seguir los del propio Baroja, porque fuera o dejara de ser estrictamente autobiográfico este viaje de invierno es un viaje del propio Baroja y tal vez para él sólo valga. Me temo que al lector del día las preocupaciones históricas, eróticas, intelectuales, espirituales también y en muy grande medida, de Ossorio/Baroja se la traen al fresco. Un personaje literario de la medida de Ossorio creo que concitaría la rechifla de los lectores. Las puestas en solfa de la realidad social, política, al margen de las convenciones y conveniencias, claro, no están en uso, parece como si, con genuina expresión barojiana, las hubiesen mandado retirar. A Ossorio hoy, le habrían dado unas pastillas o habría probada el árnica del psicoanálisis, lo que Baroja calificó como el cubismo de la medicina. Sus inquietudes son las de un bicho raro, de alguien marginal, “poco generacional”, por mucho vigor, cierto, con el que fueran en su día expresadas, por muy profundas que fueran en ocasiones.

Y sin embargo ese Ossorio que está en desacuerdo con el medio social y familiar, que padece un ansia de verdad hacia si mismo y hacia su entorno, una vida mejor, es una de las razones en las que se sostiene el atractivo de la literatura barojiana. Y es que sigue habiendo lectores, barojianos o no, pero más bien en pelo, que encuentran en el desasosiego de aquel vagamundos de 1902 el eco del propio desasosiego.

De aquella España de 1900, sobre cuyo dechado escribió Baroja buena parte de su novela y de la salieron sus personajes mayores y menores, no queda nada, apenas nada, las enormidades, con serlo, son otras, el poder del clero es poco menos que irrelevante, los caciques son otros, los golfos sacan dinero de su golfería, el hampa campa por sus respetos, los militares más que zanganear por los casinos provincianos se aplican en labores humanitarias, la gente no quiere irse del país, al revés, el país acoge una auténtica estampida a la que las figuras del Greco, las callejuelas toledanas o las soledades de la Mancha profunda no le dicen, por el momento nada, o muy poca cosa. Hace falta ser japonés o hispanista, o erudito, o las tres cosas para interesarse de verdad en los asuntos del país de Fernando Ossorio. El mismo Baroja en sus memorias certificó el fin del folletín. Se lo había llevado por delante la luz eléctrica, la misma luz que tanto le fascinaba. La tradición mística a la que se aproxima Baroja con una mezcla de admirativa atracción y de rechazo, sobre todo en el que caso de Ignacio de Loyola, está casi, casi en entredicho, no vende, no da cámara, que es de lo que se trata. Recorrer los lugares que emocionaron ciertamente a Baroja es emprender un viaje hacia el pasado y sobre todo hacia países de papel, meramente literarios, que son probablemente los mejores, invisibles, privados, íntimos, intensos.

Gorritxenea, marzo de 2002.

Artículo publicado en la revista Ínsula, Nº 665, 2002.