Las crepusculares

mas y mas 003LAS CREPUSCULARES

Si los primeros años de la vida literaria de Pío Baroja a su regreso al Madrid del franquismo están, desde el aspecto creativo, dominados por la escritura de sus memorias, publicadas primero en forma de folletín y luego en sucesivos volúmenes, desde finales de los años cuarenta, cuando parecía que ya ha dado de sí todo lo que podía dar, aún se empeñó el escritor en una serie de novelas y en diversos textos de contenido memorialístico y de crónica de su tiempo, de los que unos han permanecido inéditos hasta hace nada, mientras que otros siguen a la espera de publicación. Se trata de obras de mayor envergadura y calado que meros encargos nutricios.

Después de la muy significativa El Hotel del Cisne (1946), Baroja emprenderá un ciclo novelesco del que le habla, en carta de 23-X-1949, a su amigo Juan Gamecho, de San Sebastián, un marino mercante devoto de su literatura y de su persona y con el que mantendrá una muy entrañable correspondencia que hace ver cuál era el talante privado de un Baroja que le hizo algún favor fronterizo. Baroja quiere escribir de la Guerra Civil (es Machado quien dijo que la guerra hubiese necesitado de sus episodios nacionales), esto es, de su presente, de aquello que ha hundido su mundo personal.

Este es, sin duda, el ciclo de Las Saturnales, del que el único título publicado fue El cantor vagabundo (1950), pero que guarda pocas similitudes con la acción e intención de las otras dos novelas que a él pertenecen, Miserias de la guerra y Caprichos de la suerte. El nexo de unión sería que Luis Carvajal y Evans (el cantor) es primo de Carlos Evans ( el “narrador” de Miserias), y el trasfondo de la Guerra Civil española.

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El principal personaje de Miserias de la guerra, es un militar inglés, Carlos Evans, un comandante que tiene alguna función diplomática, del que hay indicios de su existencia real (En Ilusión o realidad (1955), por ejemplo, y en otras páginas de sus andanzas parisinas ya publicadas) y de que Baroja lo conoció en su exilio parisino. Evans asiste como espectador a los horrores del comienzo de la guerra en Madrid y de sus preliminares: la suya es una impresión desolada, de rechazo, de asco sin paliativos.

Los preliminares de ese momento histórico los aporta Pío Baroja, que conoció directamente algunas de la fechorías cometidas por quienes entonces se llamaban “los falanges” , en el mundo de la librería de Tormos, germen de su tertulia de Ruiz de Alarcón y horizonte social de aquellos años crepusculares. Lo sucedido cuando él ya se había tenido que marchar de España, lo cuenta a través de las noticias recabadas entre los refugiados de San Juan de Luz (hasta finales de septiembre de 1936) y del Colegio de España, en París. Más tarde, las andanzas de los milicianos las supo por sus contertulios implicados de una manera o de otra en el conflicto, como el doctor Val y Vera, el doctor Arteta (protagonista de alguno de los episodios) y por la More, su dicharachera y vitalista asistenta de la casa de Ruiz de Alarcón, que había sido miliciana y le mostró escenarios concretos.

Estas novelas, por referencias internas, están escritas en el Madrid azacaneado de la posguerra, aunque la segunda es probable que lo fuera utilizando materiales escritos en París, y ya utilizados en Laura y en El Hotel del cisne, la novela onírica barojiana.

Los caprichos de la suerte, continuación de Miserias de la guerra, y que permanece inédita, introduce pocas novedades, como no sea que está más hecha como novela y tiene personajes novelescos más sólidos. Elorrio, el periodista trasunto de Baroja, escapa del Madrid rojo, y lo hace a pie, hasta Valencia, pasando por Soria; que puede ser el viaje que el mismo Baroja hizo a comienzos de los años treinta. Va a parar a Paris donde se encontrara con Evans y con Procopio Pagani y con una serie de personajes a la deriva, supervivientes dañados de sus propios naufragios, y entre ellos dos estupendos personajes femeninos, Gloria y Julia, que por sí solos desmontarían el prejuicio del Baroja misógino. Personajes todos ellos, oprimidos por el peso de su suerte, que no saben qué hacer, que se mueven sonámbulos y que quieren irse a toda costa a América, cosa que unos lograrán y otros no (Baroja no lo logró, aunque lo intentó).

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La novela, uno de cuyos escenarios es El hotel del cisne, más y mejor desarrollado que en la novela homónima, está sostenida por los nutridos testimonios de los avatares biográficos de Baroja en su exilio parisino y en ese sentido tiene un interés enorme

Miserias de la guerra, presentada a censura en 1951, fue presumiblemente rechazada por estar, a tenor de las páginas que se conservan, llenas de tachaduras y subrayados (a día de hoy, el informe y la preceptiva comunicación se desconocen). En consecuencia, Baroja ni siquiera intentó hacer una versión definitiva de Los caprichos de la suerte que llamó, en algún momento de su escritura, A la desbandada. Desde aquí llamamos la atención de la necesidad, urgente, de que ese mecanoscrito, dada la calidad del papel y su estado de conservación, sea fijado, antes de que se pierdan líneas en los márgenes superior e inferior.

Tal vez por eso escribiera y publicara la muy tardía Las veladas del chalet gris, obra no tan desdeñable ni mucho menos como habitualmente se la considera, cuando menos desde su punto de vista testamental, de recuento y de fijación del propio presente vivido por Baroja.

Esto por lo que respecta a sus novelas crepusculares e inéditas. Por lo que se refiere a sus libros misceláneos, la cosa es distinta. Como obra acabada, queda por publicar, sin necesidad de grandes trabajos de edición, Pasada la tormenta, una colección de estampas ni mejores ni peores que Bagatelas de otoño, aunque sí aporta abundantes datos sobre la vida de Baroja en el Madrid de las posguerra, el del estraperlo y de sus amistades o enemistades literarias. Le habló de ese libro a César González-Ruano en 1952 (Diario íntimo, anotación del 2-V-1952).

Aunque solo fuera por una mera cuestión de decoro editorial, Rojos y blancos, el libro de memorias inédito que ahora se publica, hubiese necesitado, si no una verdadera edición crítica, que es la que las “Memorias” de Baroja necesitan urgentemente a estas alturas, sí un verdadero trabajo de edición, de cotejo de los diferentes mecanoscritos y copias de copias existentes, para establecer el texto definitivo e incorporar los alrededor de dos centenares de cambios, pequeños, pero significativos, así como expresas tachaduras, introducidos manualmente por Pío Baroja en uno de los mecanoscritos existentes, que daría como resultado una versión “distinta” de la que ahora se publica.

Me consta que esas correcciones no están tachadas ni, sobre todo incorporadas. De no estar hechas con intención de establecer el texto, no tendría sentido que don Pío las hiciera. Se entiende mal el motivo por el que se han publicado las páginas que se han publicado, en el estado en que se encuentran, dando por bueno algo que tarde o temprano, deberá ser corregido y restituido.

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El motivo de este desorden de originales es que don Pío o bien dictaba directamente o le daba sus cuartillas manuscritas a José García-Mercadal (y a Marino Gómez-Santos en otro momento), para que las mecanografiara. García- -Mercadal le devolvía a don Pío la copia mecanográfica resultante, y este, sobre esa copia, añadía, tachaba, sustituía, pegaba (materiales muy anteriores a veces) y cortaba, dándosela otra vez a su amigo y mecanógrafo para que la pusiera en limpio. Se producía entonces, aunque no en todos los casos, una segunda mecanografía que no tenía en cuenta todas las correcciones de don Pío, por despiste (líneas enteras y hasta párrafos) o por no entenderlas, y que introducía palabras que carecen de sentido o lo hacen disparatado, o dejaba en blanco, como sucede en la reciente edición (por ejemplo, en la página 764, cuarto párrafo empezando por abajo, línea tercera, donde detrás de “proporcionaba”  debe ir “planos”). Baroja corregía este nuevo mecanoscrito sin darse cuenta de que faltaban sus correcciones, aunque no es descartable que corrigiera al margen de lo que García-Mercadal había copiado o estaba copiando, produciendo una duplicidad de “originales”.  A veces había hasta una tercera copia. Estos extremos los pude comprobar al establecer el texto de Miserias de la guerra.

No creo, por tanto, que sean del todo fiables ninguno de los últimos mecanoscritos que no se hayan cotejado de arriba abajo, línea por línea, con los borradores de los que hayan sido copiados y verificado si todas las correcciones han sido incorporadas, toda vez que Baroja ni los dio por buenos ni los dejó listos para la imprenta.

Bastaría con cotejar los originales para darse cuenta de que es cierto lo que digo y de que el descuido editorial es demasiado notorio para no señalarse. Algún día se podrá hacer ese cotejo y se establecerán los textos definitivos.

Hay motivos, por tanto, para sospechar que el texto de La guerra civil en al frontera que se ha publicado puede adolecer también de esa falta de cotejo entre la última copia mecanográfica que se ha dado por buena y los borradores que pueda haber en las carpetas que se guardan en las que el contenido no siempre corresponde al título que tienen.

A continuación de este Rojos y blancos, vendría Pasada la tormenta (con el mismo rigor editorial que la publicación de Bagatelas de otoño), obra esta mucho más hecha que Ilusión o realidad (donde también hay errores, alegrías, correcciones injustificadas y hasta remiendos filarmónicos), cuya presencia en las “Memorias” resulta inexplicable por cuanto, encima, contiene páginas de desecho de obras narrativas.

Con ese mismo criterio resulta igualmente inexplicable que no se haya publicado Extravagancias, que aunque necesite de una concienzuda labor de edición en profundidad, contiene páginas más sustanciosas que las publicadas por lo que a los recuerdos de lo vivido por Baroja se refiere. No resulta fácil datar Extravagancias, donde hay tanto recuerdos de su vida en París como siluetas de escritores, anécdotas diversas de su propia vida o de su época. Claro que, ¿vio realmente Baroja a Lenín en París andando en bicicleta? ¿Estuvo con Trostky en Madrid? ¿Coincidió con Laval en una comida organizada por el doctor Marañón? Pero por la forma en que está compuesto el texto, se trata obviamente de esos años últimos en los que la memoria le fallaba y reunía materiales de muy diversa procedencia (según testimonios escritos de sus sobrinos).

 Si el estado de este libro memorialístico, cuyos materiales sirvieron para el Aquí París que le editó, en El Grifón, Eduardo Aunós, personaje este con el que estuvo en relación en aquella época, es bastante caótico, también lo es el último libro compuesto para la imprenta y titulado Siluetas de escritores y artistas, que Baroja le envió a Miguel Ruiz-Castillo, en febrero de 1955, para ver si podía publicarlo, y que él mismo definió como “una colección de artículos por si podrían servir para hacer un volumen”. Pero aun así, hay páginas aprovechables para el estudioso, tanto en este como en Extravagancias, porque en las correcciones, enmiendas y tachaduras de Baroja, hay mucho más que una mera cuestión de estilo y abundancia de datos menores.

No se podrá hablar de obras completas de Pío Baroja hasta que no se publiquen todos los libros inéditos citados en el cuerpo de este artículo, en edición crítica, facsimilar o como se juzgue más oportuno, más los que aparezcan cuando se haga un inventario minucioso de los materiales hasta ahora no estudiados, y conocidos solo por sus títulos. No estamos reclamando nada a los herederos ni discutiéndoles derecho alguno, sino constatando un hecho que, por lo visto, resulta de difícil comprensión, toda vez que se han revelado sin fundamento las acusaciones injustas y abusivas vertidas contra ellos por ocultar interesadamente unos originales porque podían perjudicarles.

Se podrá decir que nada añaden los inéditos a lo ya publicado. Desde el punto de vista del vigor narrativo de Las noches del Buen Retiro, desde luego que no, pero desde el punto de vista del conocimiento más completo de la obra, de la personalidad del autor y de sus avatares vitales, desde luego que sí. Y si no, al tiempo.

Pero lo importante de esta oscura tarea de escritor en los últimos pasos de su andadura vital, es que aquel hombre anciano y muy limitado en su facultades físicas y mentales, no cejó en el empeño de su trabajo de escritor, prisionero o no de su mundo literario, no cejó en la tarea de fijar sus recuerdos y de batallar con la propia memoria, a pesar de los imponderables físicos y de que, en buena medida, su época había pasado. Baroja se sostuvo, una vez más, como en los peores momentos, gracias a su escritura, por su fuerza, y tal vez por eso sus páginas crepusculares resulten fascinantes.

* Trabajo publicado en la revista Ínsula, Número 719, Madrid,  Noviembre 2006, págs. 25-26

 

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4 pensamientos en “Las crepusculares

  1. ¡Ja, ja, ja! La noticia de ese “descubrimiento” de ahorita mismo me ha dado mucha risa.
    Sí, El País siempre descubre… la penicilina, como poco…
    En tiempos publicó un artículo de Cornelius Castoriadis, y fue otro de sus “descubrimientos”, cuando en el Viejo Topo llevábamos años publicando sus artículos y ensayos.
    Tartufos, Miguel… Ya sabes.
    JL Moreno-Ruiz

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  2. En la edición de textos grecolatinos se asume más o menos la imposibilidad de poder ofrecer la obra tal y como fue publicada en la Antigüedad debido a las sucesivas transformaciones sufridas por un texto que ha pasado por diferentes copistas. Veo que en tiempos más recientes podemos tener también algunas dudas. Hace unas semanas di con esta curiosa foto: https://twitter.com/RupertThomson1/status/600228644007616512 ¿se introdujeron todas las correcciones? ¿se entendió a Joyce?
    Gracias por crear este blog.

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  3. En el colegio (de curas) nunca llegábamos a Pío Baroja. La generación del 98 comenzaba en Valle y terminaba en Azorín. Baroja era siempre el último de la lista. Por tanto he llegado a Baroja de la mano de tus libros sobre este escritor/personaje. Cuando leo Ayer y Hoy lo hago a la par que Tiempos de Tormenta.¡Fuera las hagiografías entusiastas!.Me gusta mucho esta página Barojiana. Un saludo Miguel.

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