“Itzea, el mundo de los Baroja” (1998)

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El País Semanal, 9-08-1998

El fotógrafo fue Jordi Sarrá que se tomó un trabajo improbo, estudió de manera minuciosa las luces, las penumbras, los objetos… Estuve en Itzea un par de días, en la primavera de 1998, coincidiendo con Jordi Sarrà, el fotógafo, que seguro que se acuerda de la comida que tuvimos cuando terminó el trabajo. Sarrá me regaló todas las fotografías de prueba, que fueron muchas, y que perdí en una mudanza cuatro años depués, lástima.

Artículo Baroja – País Semanal 9-08-98 en PDF

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“Madrid y la revolución”

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Informaciones, Suplemento Nº 205, 8 de junio de 1972.

En realidad se trata de una copia de Miserias de la guerra, de las que quedaron en manos de alguno de sus mecanógrafos. Andrés Amorós, que yo sepa, nunca ha contado cómo llegó a sus manos esa copia ni qué pasó después de que se publicara la noticia, ni por qué no volvió a dar señales de vida con ella, o si los herederos de Pío Baroja impidieron su publicación, en la medida en que tenían los derechos, en aquellas fechas que eran las del centenario de Pío Baroja que se celebró con una gran exposición en la Biblioteca Nacional y la puesta en marcha de la preciosa edición del Centenario por parte de la editorial Caro Raggio.

Item más: me olvidé de anotar que me parece que el autor de la noticia fue Juan Pedro Quiñonero, de quien hablaré aquí y de su asombroso ensayo sobre Baroja, a partir de El hotel del cisne, alguien con quien estoy en deuda en asuntos barojianos.

El Escarmiento y Pío Baroja

Raimundo García, Garcilaso, a la izquierda del general Mola, 19 de julio de 1936.

A Baroja el pistoletazo de salida del Escarmiento le pilló en Bera. Fue detenido en circunstancias confusas que  no han sido nunca aclarados del todo en la medida en que hay una cinta magnetofónica con el testimonio del médico De Santesteban, Aguirre, que acogió a Baroja la noche de su detención. Se escapó a Francia con la ayuda de un carabinero que le dejó pasar la frontera porque él no quería hacer mal a nadie. “Hay gente buena en el mundo”, escribió Baroja, y lo tachó luego. Tronchante. Baroja. Luego se instaló en San Juan de Luz, como relaté en mi libro Tiempos de tormenta (silenciado a conciencia) y barra libre, rico buffet, rico, así hasta que muy poco antes  de marcharse a París escribió una carta a Raimundo García, Garcilaso, director de Diario de Navarra, y el ayudante más asiduo del general  Mola en su conspiración contra la República y un periodista filo nazi y feroz que se hizo el amo. Le adjuntaba un artículo que se publicó al día siguiente, 1 de septiembre de 1936.

Captura de pantalla 2015-06-29 a las 19.45.20Garcilaso conocía a Baroja. Tanto como que unos meses antes, Ricardo Tejedor, el pintor de la estación del Norte,  de Pamplona, amigo de todos y también de los de la futura Nave de Baco, que ya se bebían lo que hubiera por delante y alguno de ellos se fumaba los puros y se bebía el coñac de su primo Luis Elío mientras conspiraba alegremente con un “amigo de casa”, Antonio Lizarza, jefe del Requeté; bueno pues Tejedor le avisó a Garcilaso de que Baroja llegaba en el rápido, o en uno, qué más da en cuál, de modo que el director del Diario bajó a la estación y almorzó con el escritor en la fonda. Baroja le dio un libro, dedicado, El cura de Monleón. Cuando se despidieron Garcilaso se volvió para Pamplona dándose un paseíto higiénico y hojeando el libro, y como vio de qué trataba, él que era muy católico, lo rompió en pedazos y los tiró por el puente de Cuatro Vientos al río. Poco hojeó, porque el puente queda cerca de la estación, pero bueno, eso cuentan las hagiografías y a mí me gusta leerlas, como me gustan los Ecos de Sociedad y las Gacetillas porque te dan  pistas asombrosas. Las rebabas de la época están atrapadas en esas redes de naderías.

Captura de pantalla 2015-06-29 a las 19.46.31Comienzo del artículo publicado en Diario de Navarra, el 1 de septiembre de 1936. En contra de lo que se ha dicho, este es el único artículo que Baroja publicó en el periódico de Pamplona.

Con franqueza diré que no me extraña que escribiera ese artículo y lo enviara al Diario de Navarra. Para entonces, Baroja ya había tenido oportunidad de enterarse, en San Juan de Luz, de cómo las gastaban los alzados con los familiares de los izquierdistas, nacionalistas o extremistas, sujetos a expolios y a ser retenidos en calidad de rehenes. El Diario de Navarra se vendía a diario en San Juan de Luz pues se distribuía a través de Nacho-Enea a donde llegaban todos los días más de doscientos ejemplares. Además, no veo ningún motivo de escándalo en la medida en que  Baroja  no se apartó de su ideología de fondo ni dijo nada distnto de lo que pensaba de la República y sus hombres.

* Texto publicado en el blog Vivir de buena gana el 15 de septiembre de 2012.

Los caprichos de la suerte

Baroja foto miseriasAl hilo de la noticia de la “aparición” o “descubrimiento” de un inédito de Pío Baroja, Los caprichos de la suerte, me llamaron de un periódico para preguntarme sobre el asunto. Atendí con amabilidad, creo, la llamada –por puro respeto al trabajo ajeno– y dije lo que buenamente pude poniendo por delante que el asunto me cogía lejos y que en los ultimos años no me había ocupado de la obra de Baroja, como así ha sido. Luego me llamaron de otro  periódico para encargarme un artículo que he escrito como he podido y que se publicará en breve en Cuarto Poder. ¿Me sigue interesando el mundo barojiano? ¿Tengo algo más que decir de lo ya dicho en las bastante más de mil quinientas páginas que he dedicado a Baroja y a su mundo, entre ensayos, prólogos, conferencias y artículos? No lo sé. Ahora mismo estoy enfrascado en otros trabajos muy alejados del mundo barojiano. Si formó parte de mi mundo literario, lo barojiano ha quedado un tanto arrumbado o empalidecido. El tiempo no pasa en balde. En todo caso para mí es una buena noticia el saber que voy poder seguir los pasos de papel de los personajes de Baroja –Elorrio o como acabe llamándose, Gloria…–  escapando del Madrid rojo y refugiándose en París.

Como he visto que se insiste en la “aparición” y el “descubrimiento” del inédito, y dejando a un lado la novelesca puesta en escena que corresponde a algo que Baroja detestaba, el boniment, diré que  en la Guía de Pío Baroja. El mundo barojiano (Pío Caro Baroja, Ed., Caro Raggio/Cátedra, Mdrid, 1987), páginas 162 y 163, no se cita a  Los caprichos de la suerte entre las cinco obras inéditas, y al repertoriar los originales se dice:

“4. Una carpeta gris con el título: Novelas de la guerra (Inéditas). Contiene: Iª. Las Saturnales. Madrid revolucionario, 301 folios, fechado en Madrid, enero, 1951. IIª. Miserias de la guerra, 258 folios. IIIª. A la desbandada, 101 folios.”

En el apartado 10. de ese inventario consta:

“Una carpeta azul, en octavo, con esta indicación: Pío Baroja. Los caprichos de la suerte. Dentro dos paquetes. Iª. Saturnales. Miserias de la guerra (fragmentos). IIª Saturnales. A la desbandada (Fragmentos). Que llamó primero Los caprichos de la suerte

Dado que este trabajo es de Pío Caro Baroja, con el asesoramiento y ayuda de su hermano Julio, escrito con las carpetas de originales delante,  alguna credibilidad habrá que conceder a lo escrito. ¿Importa el cambio de título? Nada. En la medida en que no estaba definido (según se desprende de la catalogación), es cuestión de gustos. A mí, al hilo de su contenido y peripecias, me gusta más el de “A la desbandada”, pero lo que a mi me guste y nada es lo mismo.

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Por lo que a mí respecta (por ser citado en los artículos de prensa que hablan del hallazgo) diré que no  solo hablé de ese y otros inéditos en el posfacio que acompaña a mi edición de Miserias de la guerra (2006), sino que lo hice en “Pasada la tormenta” (Memoria de Pío Baroja, 2006, págs. 247-276); en “Las crepusculares” (Insula, Nº 719, 2006, pp. 25-26); en las páginas 487 y 488, de mi biografía Pío Baroja a escena (Espasa, 2006); en el capítulo XLIV, “Las crepusculares”, págs. 326 a 349, de mi ensayo Tiempos de tormenta (Pío Baroja, 1936-1940), editado por la editorial Pamiela en el año 2007 y en algunas conferencias dictadas por esa época. Que estos trabajos sean desconocidos solo cabe achacarlo a la falta de generosidad intelectual que al menos yo he encontrado en el mundo académico, al amiguismo y la bandería, y a la falta de decoro que caracteriza a quienes desde el púlpito que sea dictan qué debe leerse y tenerse en cuenta, y qué, en cambio, silenciarse. Como digo en la justificación de este blog: mucho tiempo y mucho trabajo para que quede arrumbado. Iré publicando esos trabajos conforme vaya recuperándolos.

* En la imagen, Pío Baroja con uno de los borradores de Miserias de la guerra.

Calle Pío Baroja, en Valparaíso ( y 2)

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Guillermo Quiñónez (1899-1982) fue un poeta de Valparaíso, autor de un emocionante poema largo titulado «Balada de la galleta marinera» –Canto que a nadie ha de interesar es éste/ Ahí reside su júbilo– y de otro, «Cuando los veleros anclaban en Valparaíso», de no menor intensidad. Quiñónez fue un poeta de tierra firme con nostalgia incurable del mar que azota la Costanera de la ciudad con la que se había «enredado indisolublemente», que diría Carlos León, El Hombre de Playa Ancha, el contertulio del desaparecido café Riquet, de la plaza Aníbal Pinto. (Obras Completas, Alfaguara, 2004).

La nostalgia del mar-océano y sus horizontes
le había mordido el alma como a los perros de los veleros,
que bajaban a tierra con las tripulaciones
y se quedaban dormidos debajo de los catres de los lenocinios,
arrullados por la música febril de los somieres,
y después, morían en los malecones,
ladrándole a las velas,
cargadas de vientos de todos los barcos.

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En uno de los artículos que Quiñónez escribió sobre su ciudad hecha manía, di con una pista para encontrar una calle de Valparaíso que se me escapaba, la calle Pío Baroja, que él describió como un lugar de desmontes donde había instalado su carpa uno de esos circos humildes que ponen algo de alegría en los cerros altos del descalabro y la pobreza; un escenario donde el poeta encontró a unos marineros en camiseta de lana azul, tomando el sol y fumando sus pipas: «Un organillero -escribe- tocaba un vals, que escuchaba una mujer desgreñada y gorda que lavaba un niño, al que esperaban otros niños para jugar a los bandidos. Ambiente y personajes del autor de Zalacain el aventurero, del áspero Pío Baroja (…) Después de nuestro descubrimiento nos fuimos a una taberna cercana, con clientela de hombres de mar, a descorchar unas botellas de vino. Estábamos todos jubilosos. Hablamos de don Eugenio Aviraneta, de Laura, del Empecinado, de Paradox, de Silverio Lanza, en el olvido, aun allá».

Juan Uribe-Echevarría, el vasco-chileno más barojiano, el que dijo que «A falta de mayores ocupaciones me aboné a Baroja», y autor de una estupenda novela porteña titulada Sabadomingo (1973), era aquel día de la partida. La taberna (¿Los Chicos Malos?) estaría bajando hacía el barrio Puerto, por donde estuvo el cabaret de Los Siete Espejos que fotografió Sergio Larraín, al cabo de una de esas calles que son torrenteras del invierno, por las que merodean perros vagabundos, los quiltros, y suben o bajan gentes derrengadas o felices, decidoras, como aparecen en algunas escenas de la película Valparaíso mi amor (1969), del doctor Aldo Francia. El presente es otra cosa: más duro, sin marinos, sin circo, con calaminas roñosas que tabletean con el viento del otoño, con casas cerradas y deshabitadas. Allí todo invita a seguir viaje.

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Calle Pío Baroja, en Valparaíso

VIAJE 1 401Al fin, después de varios viajes y de no pocas vueltas, di con la calle Pío Baroja, en un cerro de Valparaíso. Está donde la habían dejado los últimos cronistas que escribieron sobre ella, o poco menos, en el límite entre los muy populares cerros Cordillera y Chaparro, cerros malfamados, porque en ellos habita (que le dicen) la pobreza y la delincuencia, dice, se hacen lenguas, o tal vez a causa de la obsesiva conversación sobre la inseguridad ciudadana que se convierte en una de las mejores armas del autoritarismo y que tiene a esos y otros cerros como escenario favorito. Nada como tener a la población atemorizada con lo que de hecho pasa y sobre todo con lo que puede pasarle para poder meterle ley y orden a cucharadas soperas en el menú del día.

La pobreza, cuando está a la vista resulta sospechosa, la vemos como una amenaza a nuestra seguridad, a nuestro modo de vida y probablemente lo sea. Por eso no frecuentamos los lugares donde anida. Por eso los mantenemos apartados, los borramos del mapa, salvo que nos sirvan para hacer uso de ellos en nuestro beneficio. Y en esa calle de Valparaíso, y también en otras calles, por llamarlas de alguna manera, de los mismos y otros cerros, la pobreza salta a la vista, agresiva, inquietante. Además de nuestro mundo, hay otros, muchos, demasiados. Conviene pasar de largo.

Pablo Neruda se escondió en esos cerros de la persecución de la que fue objeto por parte de un dictador de feo rostro, González Videla, –amigo de Baroja, o eso decían, en su exilio parisino- que le declaró comunista y Enemigo de la Patria, habló de los habitantes de esos cerros, de los racimos de puertas pobres, de esas casas desvencijadas, habitadas por «dinastías de marítimos y portuarios, que se eternizan entre los cerros y el Puerto». Los oficios de la bahía se heredan: estibadores del cuarto y el medio pollo, mecánicos, ferreteros y shipchandlers, gruistas, lancheros, pescadores, camioneros… Otro tiempo, sin la amenaza del paro y las demoledoras reubicaciones neoliberales, los regalitos globalizadores que paralizan en seco vidas.

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La calle Pío Baroja es una calle humilde y descalabrada, sinuosa. No hay en ella una plaza donde tiende su carpa un circo en derrota, sino que por un lado está flanqueada por una escuela en cuyos muros aparece, blanco sobre negro, el nombre del escritor, y por otro, por casas bajas de techos y paredes de calamina verde limón, azul Prusia o desvaído, granate intenso. Viejas puertas y viejas aldabas. Algún derribo. En los bordes de la calle basuras, muebles desvencijados, escombros. A la espalda de la escuela hay una iglesia medio ruinosa y un enorme conventillo ahora restaurado y grafiteado en plan elegante por los grafiteros porteños que ponen su alegría, su arte cierto y su lirismo intenso de palabras, colores y formas en los muros descalabrados y ruinoso de la ciudad. Hace unos años, el ruinoso e insondable conventillo, estaba habitado por delincuentes y travestís que salían nocturnos, como los vampiros. Eran una parte de esa leyenda urbana del viejo puerto que se renueva sin cesar fantasía sobre verdad.

De la calle Pío Baroja salen un par de calles que los días de lluvia se transforman en torrenteras, en cuyo fondo aparecen las grúas del puerto y los barcos que estén al atraque. Hasta allí llegan los bramidos de las sirenas y al día siguiente de las grandes borrascas, el olor del yodo marino. Le hubiese gustado al autor de La estrella del capitán Chimista.

Un vecino que andaba al ojeo, cuando me vio tomando una fotografía del viejo cartel de la calle, además de decirme que tuviera cuidado porque me iban a robar la cámara –un guardacoches, unas calles más abajo, después de preguntarme: «¡Aonde va, gringo!?», me hizo un expresivo gesto de cortar el pescuezo–, me instruyó de inmediato sobre el nombre de la calle que, según él, era de «un importante papa de Roma, muy antiguo», por lo de Pío, explicó. Se mosqueó el hombre cuando me eché a reír. Y no le gustó nada que le dijera que era el nombre de un importante escritor. Importante o no, un escritor no es lo mismo que un papa ni de lejos, como todo el mundo sabe. Y mientras vivir en la calle de un papa tiene su prestigio, vivir en la de un escritor que vaya usted a saber qué habrá escrito, no tiene ninguno, sobre todo para quien no lee. Siento haberle dado el día. Supongo que en cuanto me di la vuelta, el papa regresó a los altares de aquel mitómano de barrio y ahí seguirá. De la misma manera que hace cincuenta años, la calle no era Pío Baroja, sino Pido barajo, una expresión del habla canalla porteña propicia a la bronca (según el folklorista Juan Uribe-Echeverría).

Esas calles vertiginosas van a parar a la plaza Echaurren, la plaza que fue de la marinería en tierra y hoy es de los mendigos y de los platos de sopa que reparten los que anuncian el fin del mundo y otras amenidades. El barrio chino porteño del que apenas queda nada, como no sea el Bar Liberty, un antro centenario, donde los borrachones medio méndigos o méndigos completos, beben y arman bulla debajo de un insólito cuadro, no malo, de tres jugadores de golf vestidos impecablemente de tales, auténticos gentlemens, y bajo una constelación de miles de gorras marineras y cuatro o cinco loros verdes y pulgosos que arman una gori de espanto en la penumbra. Ambiente. Espeso.

Esa calle, ese barrio que nunca vio, aunque lo describiera con exactitud, le hubiese gustado a aquel Baroja que soñó, como pocos lo han hecho en lengua castellana, con una vida de aventuras, propia y ajena, o ajena hecha propia; con largas travesías, con vidas intensas de marinos que hacían la carrera de Ultramar, con espejismos americanos y supo escribir esa amarga e intensa poesía de la vida en el mar para seguir cien años después conmoviendo a sus lectores.

* Artículo publicado a origen en el Diario de Noticias, de Navarra, en la sección “Y tiro porque me toca”, el 20-VII-2008.

Baroja y el premio Nobel, 1954

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Se trata de una hojita publicitaria del libro armado por Raimundo Bartrés en apoyo de la candidatura de Baroja al Premio Nóbel de Literatura. Ese fue el último verano que pasó Baroja en Itzea, después de muchos años sin ir a Bera –se dice que por causa de una discusión con su hermano Ricardo, de la que, según me contó, fue testigo Pío Caro Baroja-. Baroja, con la cabeza ya muy perdida se dedicó, según contaba Julio Caro, a descabalar manuscritos y recopilaciones de inéditos, desordenándolos, como puede comprobarse con un somero examen de las carpetas que le sobreviven.