“Los caprichos de la suerte”, en bandeja de plata.

Destacado

manuscrito-de-los-caprichos-de-la-suerte-foto-jesus-g-feria
Por Dios, qué horterada, la carpetilla (una de ellas) manipulada para la ocasión, con las cuartillas de uno de los manuscritos (mecanoscritos también) de Los caprichos de la suerte, presentada en bandeja de plata, con una innecesaria plegadera de marfil encima, para que se vea que hay posibles. Qué horterada, insisto, de puesta en escena sobre la mesa del despachito (se dice) de Baroja, el de los muchos libros intonsos, el de las ediciones de Valle-Inclán dedicadas a Ricardo Baroja, el de los libros de Salvador Reyes cuyos subrayados los estudiosos deberían examinar con detenimiento…  Eso sí, la bandeja de plata rima muy bien con la casa en la que, de manera bochornosa, se llama al servicio a golpe de cencerro (de oveja). Una bandeja de plata para un libro deficiente, por no decir malo, muy malo, senil y simplón –cosa que José Carlos Mainer no puede ignorar, aunque lo adorne y adobe con bobadas en un prólogo flojito y malicioso–, y dudo que del todo acabado porque al ejemplar que pude leer en 2005 le faltaban páginas y otras ya estaban publicadas.
¿Pero qué se creen que es, la Divina Comedia? Cursi y petulante (uno de los adjetivos barojianos más utilizados). Pío Baroja detestaba el boniment, es decir, el aparato publicitario y la charlatanería comercial aplicada a la literatura, claro que siempre se refería a los demás. Y en este caso, ma foy que los ha habido. No ha hecho falta recurrir a Cornejo para el atrezo, pero casi. Culto y clero. La casa de Itzea se presta a ello. Y los periodistas que acudieron a mesa puesta tragaron con la mamarrachada de la bandeja de plata y no dijeron nada porque iban invitados al santuario barojiano, incluida la jamada, ¿en Zalain?, es decir, comprados por cuatro perras no para informar, sino para hacer publicidad y aplaudir y provocar el aplauso, felices, a la foto, al pesebre, al paseíto, a repicar hasta hartar lugares comunes.
Lo que Baroja opinara o dejara de opinar sobre la Guerra Civil no es ya en modo alguno relevante, en la medida en que para esas alturas (las fechas presumidas de elaboración del libro: antes de 1950) ya lo había expresado de manera clara y contundente en otras páginas: anti republicano, anti demócrata, de un antisemtismo grosero, anti comunista, anti socialista… y más favorable a una dictadura militar que a otra cosa (1.9.1936). Basta leerlo con detenimiento, enterarse, no hacer se eco de lo que diga la cátedra canóniga, digo bien, canóniga, ni en este ni en otros casos. Baroja tenía muy poco del mito del rebelde que entre todos hemos sostenido en el aire. Un mito intocable, cualquier crítica es silenciada por el hampa académica, por los barojianos, por un periodismo cultural que solo sirve como pantalla publicitaria de las editoriales, que no se moja, que no es crítico ni con la industria editorial ni con la realidad que se vive día a día.
Recuerdo cuando en enero de 2006 aparecieron por Itzea un fotógrafo, Manuel Durán, y una directiva de la editorial Espasa Calpe –iban a sacar fotografías para mi biografía del escritor que solo a ellos beneficiaba–, y los recibieron de mala manera, sic transit gloria mundi, no dejándoles sacar fotos de los interiores de la casa porque ese día era un asunto privado, solo del archivo fotográfico puesto sobre la mesa del comedor, qué cosas, pero de los caprichos de la suerte estamos hablando… De caprichos y de Kapritxines, y de sus mañas. La suerte, mala.
Anuncios

El Escarmiento y Pío Baroja

Raimundo García, Garcilaso, a la izquierda del general Mola, 19 de julio de 1936.

A Baroja el pistoletazo de salida del Escarmiento le pilló en Bera. Fue detenido en circunstancias confusas que su familia no ha tenido nunca interés en aclarar del todo (¿por qué no han hecho público el contenido de la cinta magnetofónica grabada al médico  de Bera que acogió a Baroja la noche de su detención? ¿Porque es fala?) y se escapó a Francia con la ayuda de un carabinero que le dejó pasar la frontera porque no quería hacer mal a nadie. “Hay gente buena en el mundo”, escribió, y lo tachó luego. Tronchante. Baroja. No hay cuidado, ya publicaré la fotografía del texto cualquier día de estos. Luego se instaló en San Juan de Luz, como relaté en mi libro Tiempos de tormenta (silenciado a conciencia) y barra libre, rico buffet, rico, así hasta que muy poco antes  de marcharse a París escribió una carta a Raimundo García, Garcilaso, director de Diario de Navarra, y el ayudante más asiduo del general  Mola en su conspiración contra la República y un periodista filo nazi y feroz que se hizo el amo. Le adjuntaba un artículo que se publicó al día siguiente, 1 de septiembre de 1936.

Garcilaso conocía a Baroja. Tanto como que unos meses antes, Ricardo Tejedor, el pintor de la estación del Norte,  de pamplona, amigo de todos y también de los de la futura Nave de Baco, que ya se bebían lo que hubiera por delante y alguno de ellos se fumaba los puros y se bebía el coñac de su primo Luis Elío mientras conspiraba alegremente con un “amigo de casa”, Antonio Lizarza, jefe del Requeté; bueno pues Tejedor le avisó a Garcilaso de que Baroja llegaba en el rápido, o un uno, qué más da, de modo que Garcilaso bajó a la estación y almorzó con el escritor en la fonda. Baroja le dio un libro, dedicado, El cura de Monleón. Cuando se despidieron Garcilaso se volvió para Pamplona dándose un paseíto higiénico y ojenado el libro, y como vio de qué trataba, él que era muy católico, lo rompió en pedazos y los tiró por el puente de Cuatro Vientos al río. Poco ojeó, porque el puente está cerca, pero bueno. Eso cuentan las hagiografías y a mí me gusta leerlas, como me gustan los Ecos de Sociedad y las Gacetillas porque te dan  pistas asombrosas. Las rebabas de la época están atrapadas en esas redes de naderías.

Baroja en Baztan

Baroja en Baztan

YO no sé si el valle de Baztan es un buen o un mal lugar para leer a Baroja. En Baztán escribí, entre el año 2000 y el 2007, tres ensayos biográficos sobre el escritor y sus puestas en escena.
Trabajo inútil el mío o poco menos; tiempo tirado por la ventana; un auténtico buffet de erudición brava… barra libre, tras el silenciamiento radical de los bonzos universitarios y de sus camarillas de lameculos y palanganeros con los que hay que andarse con cuidado. Unos y otros son de una generosidad intelectual de campeonato, auténticos navajeros de la toga.
Por casualidad he leído por enésima vez, estos días de cielo borrascoso, esta primera biografía que le dictó Baroja a Pérez Ferrero. Me la ha prestado un buen amigo baztanés. ¿Dijo Baroja o no aquello de “Qué jaula tan bonita para semejantes pájaros”, refiriéndose a Baztan? Si lo dijo, no sé a quién y si lo escribió, no recuerdo dónde.
Es una especie de puesta en claro y de contar de manera canónica su propia vida, cosa que no es rara entre escritores que temen que alguien (lectores, espectadores, curiosos ya muy hartos de la monserga yo no tengo costumbre de mentir que ponen por delante los mentirosos compulsivos para buscar el aplauso de su cuadrilla y sus secuaces), alguien, decía, pueda hacerlo de manera libre con lo que han visto y leído. Lo curioso es que siempre encuentro algún detalle que me suena a nuevo.
Ese libro fue editado en Chile, en 1940, en la misma editorial donde publicó su Ayer y Hoy, y escrito en la Cité Universitaire de Paris, en 1938 (Baroja), donde biógrafo y biografiado se encontraban refugiados.
Hay un trabajo poco conocido de Pérez Ferrero, ¿Cómo era Pío Baroja? (1977) donde refiriéndose a aquella época de la vida de Baroja, no tan chocarrera ni tan lacrimosa como a ratos se complació en ponerla en escena, donde el biógrafo de 1938, dice del biografiado lo que no dijo entonces:

“Tenía un ligero fondo racista que quizá le viniese de su misma raza vascongada, o que acaso le naciera en la Ciudad Universitaria de París los años de su exilio. Allí había, es cierto, una superabundancia de estudiantes de raza negra y de judíos. Jamás hizo Baroja un gesto incorrecto que pudiera delatar que no le gustaban, pero lo comentaba en privado y con y con las muy escasas personas con las que tenía confianza. Le irritaba muy especialmente ver a muchachas blancas, bellas, hermosas, algunas de gran delicadeza física, en amorosa compañía de los morenos. Los judíos le parecía que eran, en cierto modo, unos invasores de la Ciudad Universitaria. No creemos que estuvieran en mayoría, pero desde luego abundaban, se les veía por todas partes, intervenían en muchas cosas, y sus colegas franceses, esos judíos en gran parte lo eran, se quejaban de que les hacían en las becas y en las colocaciones, una vez las carreras terminadas, perjudicial competencia, porque estaban muy particularmente protegidos por los judíos que ostentaban puestos claves, algunos en el mismo gobierno. A Pío Baroja, sencillamente, aquellos negros y aquellos judíos no le gustaban.

En este texto hay materia para comentar algunos aspectos importantes de la verdadera personalidad de Baroja, no sobre la que entre unos y otros hemos subido a los altares del Palmar de Itzea, famoso santuario y centro de peregrinación de incondicionales y solo de incondicionales.
¿Era así Baroja, como Peréz Ferrero describe? Es verosímil, pero también estoy seguro de que no solo era así. Si de algo me sirvió dedicar las horas que dediqué a escudriñar los rincones de su vida, es para poder afirmar que la suya fue, como poco, una personalidad compleja, contradictoria, laberíntica como pocas, y mucho más delicada de lo que dejan suponer sus puestas en escena.
Decía su sobrino Caro Baroja (Julito) y me lo confirmó varias veces Carlos Castilla del Pino que lo que de verdad quedaba por escribir sobre Pío Baroja era su perfil psicológico, en profundidad, en extenso.

“Pío Baroja, a escena”

408518_179895078801088_2035712056_nDías pasados me dieron la noticia de que una editorial va a reeditar el próximo año 2016 esta biografía de Pío Baroja que publicó la editorial Espasa-Calpe en el año 2006.
Ya antes de entrar en imprenta, cuando estábamos reuniendo la documentación fotográfica que acompaña a esa edición, mis relaciones con la editorial se estropearon y comenzaron a ser poco fluidas, digamos, por motivos que nada tenían que ver con Baroja.
No me imaginaba que también iba  ser la causa de que mis relaciones de amistad con la familia Baroja se iban a estropear e iban a quedar dañadas. Nunca he llegado a saber qué fue exactamente lo que en este libro les molestó, tanto como para romper una relación de afecto que había sido excelente hasta entonces (de los insultos en la Sala de Cultura Julio Caro Baroja, de Bera, hablaré otro día… en la regata del Bidasoa te enteras de todo) y que es, sin lugar a dudas, lo más triste y lamentable de toda esta historia.
Cuando el libro por fin salió a la calle, hacia mayo de ese año, la editorial Espasa no hizo presentación alguna del libro y envió los ejemplares de prensa tan a regañadientes como a cuentagotas, de modo que el libro fue muriendo al poco de nacer. Tuvo una acogida de prensa menos que mediocre, fue objeto de una crítica académica acerba y maliciosa, y al final fue por completo silenciado, convertido en algo menos que en una rareza. En la red no es fácil encontrar mucho de significativo sobre el libro. ¿Lo boicotearon? Creo que sí –barojianos, incondicionales, oportunistas, amigos, amigotes…no faltaron voluntarios que, encima, se acusaban unos a otros de haber suministrado información maliciosa a la familia–… de la misma forma que entre unos y otros vetaron mi participación en un congreso sobre Baroja que Ramón Tamames iba a montar en Pamplona con objeto se sacarse unos jugosos ingresos: la familia Baroja acusaba a la dirección de Cultura del Gobierno de Navarra y esta a la familia. ¿A quién creer? No lo sé, pero estimo que quien dirigía entonces el Departamento de Cultura del Gobierno de Navarra, era  persona más retorcida que todos los Baroja juntos, pasados, presentes y futuros, sin comparación vamos, algo asombroso. El Congreso no se celebró, pero me permitió publicar mi ensayo Tiempos de tormenta (Pío Baroja 1936-1940), rigurosamente silenciado, que es una ampliación exhaustiva de varios capítulos de esa biografía, los referidos a al Guerra Civil y el exilio francés del escritor.
A la próxima edición le añadiré un epílogo en el que relataré todo lo sucedido estos años, además de incorporar datos nuevos reunidos tras unas lecturas “barojianas” que no han cesado. Son incontables las horas de trabajo dedicadas a ese libro, en condiciones no muy favorables, sin las facilidades de las que gozan los profesores universitarios, como para dejar que esa biografía caiga en la inexistencia y quede en nada.

ITem más: como dato curioso diré que el libro me ayudó a salir de un mal paso en Bolivia, cuando fui detenido por la FELCN. Depués de que los perros olfatearon el ladrillo empezaron a darse cuenta de que estaban cometiendo un error: era muy raro que un “historiador” (eso me dijeron) fuera a la vez mafioso italiano y buscadísimo narcotraficante.

Otoñal y barojiana

DSC_0040

Xantelerreca esta mañana.

Escribo esta página un 30 de octubre, en el 59 aniversario del fallecimiento de Pío Baroja. Un día esplendoroso de otoño, de cobres intensos, amarillos luminosos, pardos y verdes; no uno de borrasca, como fue el de su entierro, en Madrid, en 1956. Lo hago desde el País del Bidasoa, el de su famosa República, sin frailes, sin moscas y sin carabineros, pero con su perpetuo Momentum castrophicum a cuestas, y sus chapelaundis, siempre necesarios, y sus chapelchiquis repulsivos, a cada cual los suyos. Y ahora que me fijo, lo evoco desde muy cerca del lugar donde pudo haber perdido la vida el escritor, el 22 de julio de 1936, de no ser por la intervención de un militar, descendiente de uno de los aristócratas que el propio Baroja puso en escena en ese mismo lugar, acompañando la entrada en España de Carlos VII de Borbón y Austria-Este: «ese patán agromegálico que apenas hablaba el castellano», lo crucificó Baroja, que luego se asombraba de que los carlistas le odiaran.

Un lujo de colores que piden el acordeón de sus elogios, que obligan a recordar sus propios pasos, de los que dio cuenta en muchas páginas memorialísticas. El otoño era sin duda su estación favorita, de la mano de Verlaine o de la de algún zorzico del país. Todo muy lírico, en la escena, con pocas sombras. La realidad, como siempre, fue siempre más sombría. La aventaba y conjuraba escribiendo. Un sentimental, así subió Baroja al tablado de papel, así lo ve su público, vagando por los bosques y collados de un país en el que vivió menos de lo que se supone.

De su generación, es el escritor que sin lugar a dudas sigue de verdad vivo, más que nada porque tiene la suerte de convocar lectores, barojianos o no, abonados a Baroja por devoción o por no tener mejor cosa que hacer, como dijo el vasco chileno Juan Uribe-Echeverría, que lo evocaba en la plazuela dedicada al creador de Shanti Andía, en Cerro Cordillera, Valparaíso, lejos, mucho, a donde Baroja pudo ir de refugiado, como aquellos otros que allí estaban evocándole, huidos de la represión franquista, y que si no viajó, eso dijo al menos, fue porque había demasiada agua entre el París que iba ser ocupado por los alemanes (a los que nunca vio entrar en la ciudad) y el lejano Chile de los aventureros de la costa, tal y como que le proponía, desde la Embajada chilena, Salvador Reyes, su admirador, cuyo libro Tres novelas de la costa (1934) leyó con pasión (a juzgar por sus subrayados…) en la calle de los Solitarios, esa en la que nunca hubo un Hotel del Cisne, el de los malos sueños, los de la edad y el miedo. Barojianos montaraces y barojianos «salonardos», como lo fue el propio Baroja, en esa otra vida social de la cordialidad pacífica, elegante. El escritor tildado de hosco y asocial no rehuyó ni los tugurios y cafetines del Madrid de La busca, ni los salones de los aristócratas. Tuvo que ser un contertulio ameno, como lo son algunos de sus personajes contrafigura, que les llamaban, tanto de joven como en sus temibles años crepusculares. Vueltas y revueltas de una vida cuyo trazo resulta apasionante.

DSC_0107Baroja es también el autor del que hay que hablar bien en público y merendar en privado, tren de mercancías entre amigotes del hampa académica y veloz y majestuoso clíper del opio o acontecimiento de literatura mundial en otras palestras, dependiendo del mercado, de la oportunidad, de la ventaja que se pueda sacar con ello… Muy barojiano.. No, él no creo que fuera así, pero es que hablando de Baroja todo resulta muy barojiano, hasta lo que no lo es.

¿Por qué se le sigue leyendo en una época en la que los lectores desfallecen? Porque lo ponen de lectura obligatoria en los colegios o lo ponían, y por algo más. Por el lector adulto, en sus horas por fuerza solitarias, en el tiempo de la remembranza que fue el de Baroja, se recuerda en el joven que buscaba refugio en la lectura y que por un momento se sintió Martín Zalacaín o Andrés Hurtado acogotado por el medio, buscando una salida, una puerta de escape: los rebeldes barojianos que crecían más en la imaginación de sus lectores que en las páginas literarias; y por esos otros que en el mapa de sus páginas buscan una guía para el viaje sin objeto del que se sienten protagonistas: «Bah, literatura amigo Thompson, sombras, sueños». Quién no ha soñado con esperar a una fugitiva, de noche, al pie de un acantilado, en una barca, y que le caiga una monja encima. ¿Surrealismo? No, aventura, cosas de los hombres de acción a los que les han hablado de Nietzsche, en un ahumado cafetín apretado de bohemios hambrones, en el paseo de los desmontes, con el Guadarrama nevado a lo lejos o en los barrizales de las Injurias.

Baroja con o sin lectores es objeto de un culto apasionado que ningún otro escritor de su generación concita (con el desprecio pasa lo mismo). Así, Francisco Nieva, en Carne de murciélago, en su crítica feroz de la cultura española, sostiene que el colmo del gozo bibliofílico sería «tener una novela de Baroja, encuadernada en piel de Baroja» (pág. 155). Devociones extremas que a mí ya me ponen en guardia.

«Baroja fue para los de mi generación –dice pomposo el don Batallas que está de guardia– un emblema de resistencia y rebeldía». Es posible, no lo dudo, pero basado más en una leyenda que en realidades contrastables. Baroja y sus rebeldías, Baroja anticomunista, anti demócrata, antirrepublicano confeso y contundente antes de la guerra civil, durante la guerra y después de esta cuando trataba con Aunós y sus policías. Hombre de otro tiempo, del antiguo régimen digamos. Inclasificable. Se nos escapa entre sus páginas, ahí creemos atraparlo y nos acaba enseñando nuestros propios fondillos.

DSC_0161El día que desaparezcan los barojianos será la señal de que la sociedad española habrá alcanzado su madurez e integración, sostenía en 1961 Luis Martín-Santos, tras decir de manera muy perspicaz que «la obra de Baroja es una vasta galería de inadaptados». Los barojianos no han desaparecido y la sociedad española vive horas sombrías. Reclamarse barojiano, como liberal o como archidemócrata, siendo lo contrario, es barato, y sobre todo viste. No te reclames nada, sigue por la trocha barojiana cuando su creador habla de vagamundos y de aventureros, de gente sentimental y sincera, y de esa otra que se echa en solitario a los caminos…

Con todo, fuera del rincón de lectura, en la rueda de la fortuna de la cosa pública, peligroso terreno el de Baroja, porque ahí no hay que apartarse de la cátedra y sus dictados, ni de la congregación de la doctrina barojiana, ni de la lectura canóniga de su obra, digo bien, canóniga. Qué poco tiene eso que ver con el Andrés Hurtado que encarna Baroja, ya al humo de las velas, en viajes de ida y vuelta, con el otoño, en sus Horas solitarias, mientras al otro lado del monte, en la iglesia de Urruña, el sol habrá ahora mismo dejado de iluminar la leyenda de su reloj de sol: «Vulnerant omnes, ultima necat».

* Artículo publicado en ABC Cultural, de Madrid, el 7.11.2015

*** La segunda fotografía es del País del Bidasoa, en los días del último otoño, y la tercera el reloj de Urruña hace unos años.

A la desbandada (Los caprichos de la suerte)

Pio_Baroja_Los_caprichos_de_la_suerte

Este no es el título anunciado para el «último inédito» de Pío Baroja, pero es el que en algún momento tuvo (Véase Guía de Pío Baroja, 198) y el que a mi juicio mejor se acomoda a las peripecias de los personajes que Baroja pone en escena, que Los caprichos de la suerte.

El cambio de títulos no tiene nada de particular porque Miserias de la guerra, según información de Pere Gimferrer, se iba a llamar Horas finales en un edición que ya tenía apalabrada con Julio Caro y que se frustró.

Baroja detestaba el boniment, es decir la palabrería de los charlatanes de feria para embaucar palurdos. La utiliza a menudo para referirse al hampa literaria nacional y extranjera. Dejando pues a un lado la puesta en escena de la noticia –convertida en eficaz anuncio publicitario–, lo cierto es que la existencia de esos originales inéditos que trataban de la Guerra se conocía desde hacía mucho, cuando menos para cualquier estudioso de Baroja, y no cabe hablar de hallazgos misteriosos ni de misterio de ninguna clase.

En 1972 los inéditos fueron exhibidos en la Biblioteca Nacional y creo que Juan Pedro Quiñonero dio la noticia de que Amorós poseía un ejemplar del que nunca más se volvió a hablar, tal vez porque alguien le hizo ver que no disponía de los derechos de autor. Los inéditos de Baroja, de manera más o menos precisa, aparecieron citadas en distintas publicaciones, así Pío Caro Baroja, editor de Guía de Pío Baroja (Cátedra, 1987), en el apartado «Obras inéditas», da cinco títulos y ninguno es Los caprichos de la suerte: «A la desbandada (Saturnales), Miserias de la guerra (Saturnales), Madrid revolucionario (Saturnales), La guerra civil en la frontera (Saturnales) y Pasada la tormenta». El autor de este breve catálogo fue Julio Caro Baroja.

Al repertoriar y describir los originales, Caro Baroja dijo:

«4. Una carpeta gris con el título: Novelas de la guerra (Inéditas). Contiene: Iª. Las Saturnales. Madrid revolucionario, 301 folios, fechado en Madrid, enero, 1951. IIª. Miserias de la guerra, 258 folios. IIIª. A la desbandada, 101 folios.»

Y en el apartado 10.:

«Una carpeta azul, en octavo, con esta indicación: Pío Baroja. Los caprichos de la suerte. Dentro dos paquetes. Iª. Saturnales. Miserias de la guerra (fragmentos). IIª Saturnales. A la desbandada (Fragmentos). Que llamó primero Los caprichos de la suerte».

Dado que ese trabajo es de Julio Caro Baroja, hecho con las carpetas de originales delante, alguna credibilidad habrá que conceder a lo escrito… ¿no?

¿Es relevante la elección del título? En absoluto. Creo que en este caso se impone el criterio de los herederos ya que el autor no fijó de manera firme el título. Además, quisicosas al margen, lo que cuenta es poder leer esa novela, todo lo crepuscular o mediocre que sea, y continuación de Miserias de la guerra. Una pieza más del rompecabezas barojiano y una muestra de su voluntad manifestada en varios lugares, de llevar la guerra a los papeles.

Entre 2005 y 2006 trabajé en los originales inéditos cuando establecí el texto de Miserias de la guerra y así pude comprobar que la novela unas veces se llama de una manera y otras de otra, y que está formada por tres paquetes de cuartillas mecanografiadas, cosidas con liza. Sobre el estado del mecanoscrito ya advertí en el año 2007 que es delicado, dada la calidad del papel empleado.

Como digo, Los caprichos de la suerte vendría a ser una continuación de Miserias de la guerra, aunque en todo o en parte hubiese sido escrito antes, durante el exilio parisino de Baroja. Y desde luego está estrechamente emparentado con otros títulos de esa época, cuando no habla de lo mismo: El hotel del cine, El cantor vagabundo, la ya citada Miserias de la guerra, todos los libros de memorias que tratan de su exilio parisino (como Aquí París), y Los caprichos del destino, de 1948 (incluido en Los enigmáticos), no ya por el muy significativo título, sino por los personajes (femeninos) y las situaciones: el hotel donde el protagonista vive en París, Rue des solitaires, donde jamás hubo un hotel llamado «Del cisne»; en cambio, en la plaza del Castillo de Pamplona, sí, y Baroja lo vio, en la rue des Solitaires, no. Como humorada me parece fantástica.

Los_vascos_en_su_rincón_Pío_Baroja

A ‘Los vascos en su rincón’, del capítulo VIII de Los caprichos, podemos encontrarlos en Rojos y blancos y en Extravagancias (inédito, pero utilizado); la defensa de no haber firmado el manifiesto de apoyo a Rusia que hace Goyena, está en Miserias de la guerra y en Pasada la tormenta.

Los personajes que en Miserias de la guerra padecen esta en Madrid, han conseguido huir del Madrid rojo en Los caprichos de la suerte, y tras errar algo por tierras españolas llegan a París donde sufren los rigores del exilio (como el autor). Sonámbulos, extraviados, atrapados, con pocas posibilidades de salir del callejón en el que están metidos.

Vuelve a aparecer Carlos Evans, el militar inglés ya recurrente, Escalante, de la tertulia del Club del Papel, Elorrio, contrafigura de Baroja, que se convierte para la ocasión en Goyena; salen a escena Gloria y Flora con sus dramas, en los que se ve mezclado Goyena que cree vislumbrar el espejismo del amor hasta que las circunstancias se lo llevan por delante. Sobrevivir en un medio hostil, de eso se trata: la vida de Baroja y lo que Isabel Criado llamó sus «estados confusionales», desde los que escribió.

La actitud de Pío Baroja ante la Guerra Civil expresada en la novela no puede ser más catastrofista. Para él, que se pretende neutral, pero salta a la vista que trata mejor a los blancos que a los rojos, la única salida es la fuga, algo que hacen sus personajes.

De dos de ellos –su contrafigura Goyena (Elorrio) y Evans, el militar inglés–, escribe Baroja: «Uno y otro pensaban que la única solución que habría podido tener la República Española habría sido la dictadura, una dictadura inteligente… sin opresión espiritual de ninguna clase».

A mi modo de ver tiene más interés el estado de ánimo de Baroja (a través de sus contrafiguras), es decir su sólido trasfondo autobiográfico, que sus opiniones sobre la guerra, la República y sus hombres ya expresadas hasta la saciedad en libros de aquella época, o las esquemáticas peripecias de sus personajes que sonarán a muy conocidas a los lectores de Baroja.

Hablé de esta novela inédita en varios artículos y en el ensayo Tiempos de tormenta (Pío Baroja, 1936-1940), del año 2007.

El último Baroja inédito verá por fin la luz

Ese es un titular del diario ABC de días pasados, muy parecido, si no el mismo en cuanto al fondo, al de otros artículos publicados en otros medios de comunicación acerca del «descubrimiento» de un inédito de Baroja, del que se dice que es «el último». No es así. Presumo buena fe en el autor del titular, pero no estaría de más saber con certeza de dónde han salido o desde dónde se han echado a rodar los bulos, algo más que ignorancia, o si solo han sido maneras del barullo mediático.

Los caprichos de la suerte no es el último Baroja inédito porque entre los últimos libros de memorias publicados no aparece Pasada la tormenta, de modo que este está pendiente de publicación, con las correcciones que figuren en la copia mecanografiada y las cuartillas manuscrita añadidas en varias ocasiones… incluso alguna acotación como «Esto queda para otro libro» que hace pensar en el trabajo febril de Baroja, componiendo y recomponiendo libros.

El libro pertenece a ese periodo crepuscular, no tan falto de vigor y chispa como decía Isabel Criado, hacia 1972, cuando escribió de las obras de ese periodo sombrío, y desde luego después de la publicación del Pascual Duarte, de Cela, a cuyo prólogo (que no hizo) se refiere.

Entre el año 2005 y 2006, pude leer una versión de 261 (más o menos) cuartillas apaisadas, casi todas mecanografiadas, menos unas pocas que son autógrafas.

Pasada la tormenta es un libro de recuerdos, opiniones y digresiones de índole diversa –, políticas, históricas, literarias–, episodios autobiográficos, y ajustes de cuentas y defensas literarios –uno muy divertido contra Ángel María Pascual, el poeta falangista de Pamplona, que le había acusado de dormir vestido en casa de una marquesa a la que había sido invitado y de no lavarse–. Cuartillas entre las que hay siluetas de diversos personajes –Lequerica, Cossío, Chaves Nogales…– y dos versiones que me parecen particularmente interesantes: la del «enjarretamiento» (genuina expresión barojiana) del libro Comunistas, judíos y demás ralea –cuartillas 171 a 175– y otra no menos interesante del asesinato de Federico García Lorca, con un retrato cruel del poeta que no pudo ahorrarse –cuartillas 237 a 240–, porque aduce «haberla oído explicar a dos paisanos suyos». También este título estaba censado por Julio Caro Baroja en la Guía de Pío Baroja, entre los trabajos inéditos. Di cuenta de él, después de haberlo leído, en diferentes trabajos publicados en los años 2006 y 2007 que ya me resulta tedioso hasta citar, pero que los doctos no ignoran.

Diré también que Pasada la tormenta no sería el último «inédito encontrado» porque con el material reunido en las carpetas repertoriadas por Julio Caro Baroja todavía se podrían «enjarretar» uno o dos títulos más, empezando por Extravagancias y siguiendo por Hombres extraños. Y si no, al tiempo.

manuscrito_Los_caprichos_de_la_suerte

Artículo publicado en Cuarto Poder, 2.7.2015

“Los caprichos de la suerte”

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/literatura/2015/11/02/ve-luz-caprichos-suerte-ultima-novela-inedita-pio-barojaitalia-recuerda-incomprendido-pasolini-40-anos-despues-muerte/0003_201511G2P26991.htmDORMITORIO ITZEA

Nunca mejor dicho. Caprichosa, tornadiza la suerte… tanto como la amistad basada en la sumisión, el culto y el clero.

Asisto al bombardeo publicitario de la salida de Caprichos de la suerte orquestada a todo trapo. Es curioso, cuando en 2006 publiqué Miserias de la guerra, una novela más hecha y acabada que esta, acompañada de un largo trabajo, tanto una como otro fueron en la práctica silenciados; como lo fue la biografía Pío Baroja a escena, editada por Espasa Calpe, que no la presentó en ningún lado, y Tiempos de tormenta, el  ensayo exhaustivo sobre Pío Baroja y la guerra civil… como le consta de manera cumplida a José Carlos Mainer. Él sabrá por qué, seguro.

Esta novela de ahora, que es muy poca cosa literaria, por no decir muy mala, grotesca y plataforma de unas ideas zarrapastrosas sobre la guerra (pura senilidad) no fue “hallada” de manera sorpresiva y novelesca, sino que estaba repertoriada y descrita en 1987, y en parte ya publicada en otro lugar. La leí en 2005-2006 y si no la describí al detalle fue porque convine con la familia en que era mejor esperar a que se hiciera la edición de la obra. Estoy harto de explicarlo.

¿Me quejo? No, ¿por qué motivo iba a hacerlo? No pido nada, solo cuento lo vivido alrededor de esos originales, tras incontables horas de trabajo dedicadas a Baroja y a su mundo (un par largo de miles de páginas publicadas, conferencias al margen).

Aquí está visto que según quien firme las cosas, el trato es uno u otro. De la misma forma que la verdad depende del aplauso y de la fuerza, y del dinero. Cuando salió Miserias de la guerra dije que era un acontecimiento literario y un mafiosete de Asturias se me echó encima y me abucheó. Con Mainer no se atreven. Todos andan a ver que se sacan unos a otros. Mainer dice que es un acontecimiento mundial, estupendo, magnífico, pero hace unos años, cuando andaban disgustados entre ellos con motivo de la edición del último tomo de las obras completas, dejó escrito que Baroja era como “un tren de mercancías”. Igual es un elogio, pero no creo, más bien una muestra de ingenio despectivo.

La familia Baroja  se quejaba de que Mainer no había ido a rendirles pleitesía y a hacerles el rendevú con motivo de la publicación de las Obras Completas en Círculo de Lectores; Mainer por su parte lo hacía de que le habían dejado colgado el último tomo, el XVI, con una correspondencia, de la mucha que guardan a buen recaudo en su archivo*, que iban a publicar y al final no publicaron, de modo que los editores tuvieron que rellenar ese último tomo de cualquier modo, como bien sabe Mainer, aunque ahora calle (con el bolsillo caliente).

Las páginas de mi diario escritas en Itzea y alrededores, entre los años 2005 y 2006, son muy jugosas y creo que esclarecedoras. Las voy a publicar en breve. Guardo muy malos recuerdos tanto de la familia Baroja como de José Carlos Mainer y de sus amiguetes del hampa académica. Ellos dirán lo mismo de mí. Qué importa, eso ya no tiene remedio. La escorredura va para abajo. Caprichos de la suerte no sé, miserias y tristezas sí.

* Correspondencia esta que si un día ve la luz, dejará obsoletas muchas de las páginas de su biografía que hemos escrito.

** En la imagen mi dormitorio  y mesa de trabajo en Itzea, a comienzos de 2006, cuando preparaba la edición de Miserias de la guerra.